Noviembre en el congelador.

Ahora quedamos en el blog.

"Según la antropología este e un vinculo social y de memoria. los rituales (ofrendas, altares, visitas a tumbas o banquetes fúnebres) sirven para mantener la cohesión del grupo y reforzar la identidad familiar o comunitaria a través de la memoria".


Es curioso el modo en que una misma persona puede influir tanto en conceptos completamente antagónicos como son el nacimiento y la muerte... tú siempre has sido esa persona para mi. Noviembre siempre ha sido ese mes que yo relacionaba desde niña con la muerte, las lamparillas encendidas dentro de cuencos con aceite y el rictus con que la abuela Matilde se regía ese mes recordando a sus muertos, su expresión seria y congelada era como si llegando este mes se congelara ella misma...  a su muerte fuiste tú quien continuó con aquella tradición de encender luz a los muertos de la familia y a las animas del purgatorio... algo que yo soy incapaz de continuar por mi falta de continuidad para hacer una misma cosa mucho tiempo. Siempre admiré eso de ti, el modo en que eras capaz de hacer las mismas cosas con la misma devoción. 

Noviembre era luto, oscuridad pese a las lamparillas encendidas, y seriedad en el rostro hasta que un trece de noviembre me hiciste el regalo más bonito que una madre puede dar a un hijo, me diste a mi hermana. Noviembre pasó a ser el mes de la muerte y también el de la vida. Durante muchos años te acompañé en aquellos rituales de muertos y según fui creciendo los roles iban cambiando, hasta el punto que en los últimos años era yo quien te llevaba. Y muchos de ellos terminábamos octubre casi enfadadas porque tú creías que te pillaría el día de los difuntos sin ir a adecentar la tumba los de los abuelos. Ahora hace nueve años que ya no peleamos por aquel día de ir al cementerio a hacer los arreglos y no sabes cuanto lo echo de menos. 

He pasado de esa recta final de octubre en tiras y aflojas contigo, a llegar a noviembre un año más congelada. Me quede como aquel rictus de la sonrisa de abuela... frío, poco agradable a la vista, y para colmo lo mio no se quita al acabar el mes... me he quedado en el congelador perpetua. Es una sensación muy extraña. Llega la última semana de octubre y espero hasta el final para ir al cementerio, hace un par de años que ya voy sola pero incluso así me retraso como lo hacía contigo tratando de sacar de quicio a esa parte de mi que parece no sentir ya nada. Me reconozco a mi misma en la idea de que cada vez me cuesta más cumplir con una obligación que me gusta y me disgusta a partes iguales, yo y mis putas contradicciones, de las cuales pienso que solo soy capaz de entenderlas porque en el caos que es mi personalidad soy quien pone el orden. 

Cuando inicio el camino trato de recordar aquella ultima vez que fuimos juntas y mi cabeza se desorganiza en recuerdos confusos con la primera vez que fui sin ti... cada año va siendo diferente y cada año hay anécdotas diferentes y una misma realidad: la muerte y la vida cohabitan formando parte de la vida de todas las personas, de las familias y cada uno lo afrontamos a nuestra manera. De la forma que nos han enseñado, hemos aprendido o no hemos tenido más cojones que asumir y afrontar. 

Cuando te tuviste que ir yo ya estaba rota, estaba cayendo en picada como un castillo de naipes y tu muerte fue como un jarro de agua helada que me obligó a resucitar por aquellos que dejabas atrás. Me para a pensar si la expresión resucitar es la adecuada, porque me siento más bien como un puto zombi, castigado a tener que estar yendo y viniendo de aquí para allá agitando los putos brazos. Sigo estando hecha polvo, para no variar, pero aun hay cosas que me alientan y me aferran a la vida y no una común en que se aceptan las que te tocan tomar. Que sepa hacer lo que otros evitan no me convierte en una conformista, bajo la capa de hielo sigue invicta la que no se conforma y espera el tiempo propicio para el deshielo.

Te echo mucho de menos. Tanto que es humano, visceral y a ratos me hace vulnerable y desgraciada. Luego sigo adelante, es lo que se hace, no hay clases de aprendizaje, te levantas y punto. Aunque te sigo echando de menos y necesitando, eso nunca merma, me acostumbro a seguir adelante sin ti y ya está. Papá está tal como temías que se pondría y a mi me sobran agallas para llevarlo palante y solo pido a Dios que no me falle la salud para hacerlo hasta el día que definitivamente sea huérfana. La niña sigue su camino como siempre hizo, ya sabías también eso, te echa de menos seguramente más que yo, pero a su manera.  

En este eterno noviembre en el congelador, permanezco a la espera, aferrándome a la fe en la vida del espíritu y mientras batallo con resistencia las batallas de los vivos. No me puedo permitir descansar madre, porque ya no tengo tus pechos donde mi refugio siempre fue un lugar seguro. Hace mucho que no me puedo permitir descansar de ese modo. Lo hago en el recuerdo y en la esperanza de que tal vez vives en los míos cuando son el refugio de otros, de cualquier otro modo... ni la vida, ni la muerte tendrían mucho sentido.  

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