Aquel fue nuestro patio de juegos.

Imagen de la misma mujer hecha con IA que muestra su edad infantil y su edad madura sentadas juntas en un pupitre de colegio.


"Protegedme de la sabiduría que no llora, 

de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños". 

(Khalil Gibran).

En septiembre de 1979 acababa de cumplir 5 años. Justo los había cumplido el día anterior a aquel mi primer día de clases. Entonces no había jornadas de aprendizajes en infantil, ni nada de eso. Nos llevaban al cole y nos recogían a la hora normal de salida.

Había estado en guardería antes. Entonces los niños entraban al colegio con cinco años, hacíamos un parvularios de un año y luego ya pasábamos a primero de la E.G.B (educación global básica). No era aquella mi primera experiencia de estar sin mis mayores, anteriormente ya  había estado dos años en guardería porque mi madre pensó que sería bueno para mi relacionarme lo antes posible con otros de mi edad. Sin embargo mi paso por la guardería fue un poquito así, así, pues era una niña muy tímida y retraída. Me costaba hacer amigos. El salto al colegio lo recuerdo con cierta inquietud, una que pasó a hacerse realidad, en una de esas malas experiencias que vives y difícilmente olvidas. 

De aquél primer día de colegio recuerdo que el primer tramo de clases fui siguiendo las normas de lo que la señorita decía, todos sentados en nuestros pupitres escuchando normas escolares. Hasta ahí todo bien, aburridísimo pero bien. Sin embargo cuando salimos al recreo comenzó uno de los peores momentos que recuerdo de mi etapa del colegio. Me lo pasé sola caminando de un lado a otro del patio, sin saber cómo acercarme a nadie. Ni siquiera supe cómo hacerlo a las niñas de mi propia clase. Al entrar del patio la señorita te preguntaba el nombre y miraba un papel donde tenía la lista de clase. La fila llegó a mi altura y ella dijo que yo no estaba en su lista. 

El pánico estalló dentro de mi. Sabía que era mi clase, tenia claro que aquella era mi fila aunque no hubiese hablado con nadie de los que estaban postulados delante o detrás de mi. Pero ella insistía en qué no había ninguna Sacramento González, que solo tenía una Sacramento Rosales. Me dejó fuera de clase literal. Los demás entraron y ella volvió a salir. Yo seguía en el pasillo junto a la puerta sin moverme. Me pidió que le dijese quien era mi profesor o profesora. Le dije que ella y me respondió que si no le quería decir quien era mi tutor o tutora me quedaría allí hasta la hora de salir. Me dejó sola en el pasillo tras cerrar la puerta. 

Ahora miro atrás en el tiempo y mi única explicación para entender semejante circunstancia y el comportamiento de ella, es que aquella profesora debía estar algo tocada del cascabullo. Porque tratándose de un nombre poco común como el mio ¿qué probabilidad había de que hubiésemos dos Sacramento... no hablemos ya de en un mismo colegio sino de en una misma clase? ¿Cómo aquella mujer no se percató ni de esto, ni de que yo era una niña con frenillo que no pronunciaba bien la letra R? ¿Cómo pudo dejarme tan pequeña fuera? ¿Cómo no vió mis pertenencias en el pupitre vacío?

El caso es que me dejó allí sola. Tal como te lo digo, no me llevó a dirección o a buscar una solución. Cuando me cansé de estar de pie salí a sentarme en los escalones de la entrada del edificio y allí rompí a llorar. No entendía qué pasaba. ¿Cómo podía ser que ningún compañero de clase dijera nada a mí favor cuando en la fila la profesora preguntó a los que estaban más cerca si yo pertenecía a la clase? ¿Cómo  podía ser que aquella mujer a quien mis padres me habían recalcado que si tenía algún problema en el colegio debía acudir, me hubiese dejado injustamente sola y desamparada en el pasillo? Así fue mi primer día de colegio. Mi primer recuerdo de la educación fuera de las cuatro paredes de mi hogar, de los profesores y de mis compañeros de clase. 

Cuarenta y ocho años después de aquel día. Me llega por WhatsApp una invitación del "Migue Vera" para un grupo. Yo que soy la más reacia para estar dentro de uno, porque odio estar pendiente del móvil, estar conectada, tener que seguir un hilo de conversación. Me dije a mí misma: "a qué coño de chat me ha invitado ahora el Migue". Con él si he tenido relación después de salir del cole a través de Bea. Pero que me invitase a un grupo me extrañó, al ver el nombre del grupo: Juan Ramón Jiménez generación del 74. No pude hacer otra cosa que acceder a él. Aunque para ser sincera tardé un par de días en aceptar la invitación porque ya he dicho que soy abnegada a los grupos. Al entrar me sorprendió para grato descubrir qué ya había dieciocho personas dentro. Yo era la diecinueve de tres o cuatro clases que fuimos según avanzamos de cursos, clases que entonces tenían treinta y tantos niños.

Y qué quieres que te diga... me hizo ilusión descubrir que había sido recordada por aquellos compañeros en un proyecto de reunir al mayor número de ex alumnos de esa promoción. A diferencia de aquel primer día de clases, que tan marcado ha estado en mi memoria, este 10 de mayo de 2026, treinta y ocho años después de graduarnos; un nuevo recuerdo hará la sombra, para bien, a aquel fatídico inicio. Porque sí, mis compañeros de clase esta vez sí me recordaban. Descubrirme siendo una de las primeras personas convocadas al grupo, ha llenado de luz las sombras que manchaban ese recuerdo del inicio de mi etapa escolar. 

Según he ido viendo crecer el grupo en los siguientes días de ingresar en él. Una nostalgia por aquella que fui una vez... me ha embargado. En mi cabeza la letra de la canción  This Used to Be My Playground de Madonna se repetía y repite cada vez que alguien es incorporado al grupo. Ver cómo entre todos vamos recordando y tratando de ver cómo conseguir el contacto de aquel compañero/a para poder añadirle. En mi caso he tirado de mi hermana o de mi hijo para que me consiguieran el número a través de otros familiares de algunas compañeras. 

La canción que fue banda sonora de aquella peli de principio de los noventa "Ellas dan el golpe". Ahora tenían un sentido diferente mientras seguía recordando su letra. Una canción que siempre me supo justo a lo que significaba, nostalgia de un tiempo mejor, desolación por los cambios que hacen que dejemos atrás parte no solo de quienes somos, de las personas, los lugares... 

Esa misma canción suena ahora con sus acordes en mi cabeza y sé que la gente crece, los lugares cambian, pero... las relaciones y los lazos que creamos en un tiempo pasado, siempre pueden recuperarse si de verdad estamos dispuestos a ello. Me contó Fernando durante la quedada que ya en 2016 había intentado por Facebook hacer un encuentro con antiguos alumnos, pero que con las personas reunidas en la red social no pudo ser. Había seguido con esa idea aunque no lo había podido conseguir. Hasta que años más tarde se encontró de casualidad a Tejero en la feria de Dos Hermanas. Entre los contactos que tenían uno y otro, Fernando volvió a intentarlo está vez con el WhatsApp. Y así fue como en un par de semanas, según recababan números de móvil ya somos casi 50 miembros.

El artífice de la idea, con un mensaje en el grupo, propuso una quedada para el día 23. Y yo sin pensármelo, ni preguntar a nadie, anclé al grupo la encuesta con la propuesta de la quedada de Fernando. Todo fue así, sobre la marcha y con una semana de antelación. Pienso que la mayoría pudo coincidir en la forma de pensar, en qué tal vez no asistiría mucha gente organizándolo solo con una semana larguilla. Por experiencia sé que donde empieza a haber muchas personas con vidas dispares, o se da el salto, o nunca se organiza nada. Me bastó ver la cara de Domingo (con él también había coincidido en la discoteca años después de salir del colegio) el sábado de la quedada, cuando nos vio a Bea y a mí cruzando la calle y señalándolo, para saber que él también había pensado que tal vez no asistiría la gente. 

Se le quitó la cara de preocupación y le salió una gran sonrisa. Esa misma tarde nos confesó a los que aguantamos hasta el final de la jornada, que estaba preocupado porque después de la lata que había dado en La Teja, temió que no fuésemos. El lugar elegido para reencontrarnos y comer algo es un sitio con mucha afluencia en nuestra ciudad que no hace reservas. Domingo había conseguido acordar con ellos, que si media hora después de abrir el local habíamos al menos cinco personas, nos preparaban una mesa para los 15 confirmados. Era normal que estuviera algo nervioso, porque era él quien había dado la cara y se había implicado en la organización de la comida. 

Al final tres no pudieron asistir por motivos personales, pero otros tantos si aparecieron sin haber confirmado la asistencia. He de decir que los que fuimos a la primera quedada, hicimos un pleno total de vínculos emocionales y buen rollo. Allí estábamos en la puerta del local Bea y yo con Domingo cuando empezaron a aparecer los primeros: Javier Lucas y tras él, Tejero. Estábamos para pedir unas bebidas cuando apareció Pepi Rodríguez y Miguel Vera llegó detrás. Nos colocamos de pie al fondo del patio/terraza en una mesa alta, tomando un refrigerio y esperando a que nos pusieran las mesas para sentarnos. Ya éramos siete y prometía.

Conjunto de chapas personalizadas unas más pequeñas con logo de un grupo escolar antiguo y tres chapas identificativas donde en cada una se ve el nombre y la imagen de un niño sentado en un pupitre.

En aquel momento aproveché para sacar las chapas. Las había preparado con el logo que Vera había creado para el grupo, hice chapas de ese modelo para regalar a todos los asistentes y que tuvieran un detallito como recuerdo de ese día. También tenía en mente una de esas chorradas mías de hacerme una chapa identificativa (la que ves arriba de este párrafo), claro que siendo Bea tan friki como yo, asintió cuando le pregunté si quería también una chapa con su cara de niña y su nombre. Al final hice tres, ya que me dijo que con lo guasón que es Miguel Vera seguro se la ponía también. Me habría gustado hacer una para cada asistente, pero no tenía modo de hacer los montajes de todos con la IA al no tener sus fotos de niños. Me pareció que solo llevar algunas sería más feo que hacer las de los dos compañeros con los que fuera si tengo más relación. Al resto según les iba dando la del grupo, les hice la propuesta de que todo el que la quisiera grande con foto y nombre, me enviase la foto y se las hago para la próxima quedada. Al final hemos quedado en que Vera trabajará la IA y yo haré el montaje de las chapas. 

Carolina llegó la octava, seguíamos de pie esperando las mesas. Ella como Javier Lucas era de la seño Pepi, el resto de los que ya estábamos eramos de José Antonio (famoso entre los alumnos porque nos cogía por las patillas, o las orejas, y nos levantaba a pulso como antes no nos pusiéramos de puntilla) que tenía el hombre algo de mala leche, vaya. Nos saludó como si fuésemos hijos del mismo aula. Tuve la sensación de que ni el tiempo, ni las diferencias de clases en las que estuvimos, eran barreras limitrofes para los sentimientos que afloraron en nosotros ese sábado. 

Cuando nos sentamos en el lugar que nos habían preparado fue como subir a una montaña rusa de emociones, pierdes la noción del tiempo porque los sentimientos son los que provocan tantas emociones seguidas, que no tienes control en otras cosas. Empiezas ha hablar con unos, recordar detalles con otras, solo sientes eso, un modo de experimentar el presente y el pasado fusionados. Difícilmente sabes donde empieza y acaba el niño que eres o fuiste. Porque ahí, rodeado de aquellos que te ven con los mismos ojos que tú a ellos, eres solo un nombre y apellido en una lista que cada día el proferor/ra pasaba antes de empezar las clases. Eres el recuerdo, vivo, de la mejor parte de nuestra infancia. Porque fue en el colegio donde nos desarrollamos como individuos, donde lidiamos nuestras primeras batallas reales, creamos estrategias e hicimos alianzas. Volver a aquel tiempo fue un cúmulo de sentimentalismo embriagador.


Es curioso, o mejor dicho: son curiosos los detalles que nos llevan, o no, a un mismo punto de encuentro. Por suerte este es un grupo que siento que vamos a quedar más veces de modo que todos podamos estar y compartir experiencias. En esta primera quedada hubo compañeros que se pusieron indispuestos de salud, a otros las responsabilidades familiares no le permitieron la asistencia o simplemente fue el no vivir ya aquí, lo que no les facilitó la asistencia. Hubo en cambio quienes como Pepi, que sólo pasó en un principio a vernos y se marchaba, si que se marchó, pero volvió un rato después para estar todo el día con nosotros. O como Antonio Delgado que aun cumpliendo con sus funciones familiares, se llegó a vernos acompañado de su perrito (al que ya conocíamos por haber sido citado en el chat del grupo) y estuvieron un rato con nosotros. 

Con él antes de marcharse, nos sacamos la foto de arriba y fue raro porque Pepi acababa de irse y al darnos cuenta nos sentimos como "puff" ¿nadie ha caído en sacarnos la foto antes para salir todos? Personalmente me pasó como siempre me suele pasar en los momentos que me lo estoy pasando de puta madre... que no me acuerdo del móvil. Ya me conoces, soy de las que con mayor o menor atino, prefiero guardar las instantáneas en las retinas de mis recuerdos. 

Estaba embriagada de recuerdos, así que no tengo muy claro si fue Miguel Ángel quien llegó en octavo lugar, o fue Antonio porque para entonces ya estábamos volcados de pleno en conversaciones que nos habían trasportado a muchos años atrás. Lo que sí que recuerdo bien fueron los sentidos abrazos que Miguel Ángel nos hizo a todos y cada uno, sin distinción de sexo. A Bea la levantó en volandas, tuve que reírme porque ella con emoción incluida, también le preocupaba su operación de espalda y que no se fuese a desarmar. Cuando me tocó el turno de abrazarnos, sentí la honestidad de esos abrazos que no pueden fingirse, ni pagarse, esos que no tienen miedo, no se acomplejan, esos que se dan y se sienten únicos. Sentí el peso de la fortuna como caía sobre mi el tiempo en que duró aquel abrazo, con besos en las mejillas y tiempo contenido entre ambos besos, instante de pura fraternidad en que pegamos una cabeza a la otra intensificando el abrazo. Supe que ciertamente la alegría cabe bien en un abrazo toda ella. 

Después llegaron más niñas de la clase de la seño Pepi, ellas llegaron casi una tras otra y creo recordar que primero fue Cristi, y entre Inma y Carmen no sé quien llegó antes, o si por medio apareció Fernando, el promotor de todo aquello. Me conmovió la generosidad de Mariangeles, su esposa. Pues me contó Fernando que había pasado la noche en el hospital, razón por la que no podía asistir a la quedada, se encontraba demasiado indispuesta y aun así consentir que él participase con los demás. Me pareció un detalle muy generoso por ambas partes de la pareja, generosos con ellos mismos y con nosotros sus compañeros de clase. Porque sin Fernando, que no ha desistido en todos estos años de su idea de reunirnos, pues sinceramente pienso que no habría sido igual la quedada sin él. 

El último en llegar a La Teja fue David Marchena. De pequeños él y Fernando se llevaban muy bien, a mi me recordaban a los Zipi y Zape, porque David era rubio y Fernando moreno, me hizo gracia comprobar que ahora ambos lucían melenas plateadas similares a la mía. No quedó la cita en quince participantes con David, porque cuando ya nos disponíamos a irnos de La Teja, Rocio Ceballos avisó que estaba en camino y se le comunicó que nos trasladábamos a seguir la quedada a la cafetería Central Park. 


Con el chupito del brindis cerramos el periodo de quedada en La Teja y decidimos tomarnos una copa más en Central Parck. Yo había dejado mi coche en casa porque en las circunstancias que está mi padre, quien se queda en casa con él debe quedarse también con el vehículo por si acaso surge alguna emergencia. Así que se lo dejé a Pepe y fueron mi primo Carlos y Bea, quienes se pasaron a las doce a recogerme. De modo que al salir de La Teja, Bea y yo ya habíamos quedado en irnos con Vera en su coche. No obstante en la calle tanto los que llevaban como los que no, empezaron a repartirse para no llevar todos los coches y acabamos con el otro Miguel yendo al nuevo destino. 

Fue un trayecto divertido y conmovedor recordando detalles de quienes éramos y comparándolos con quienes somos ahora. Poniéndonos al día de la situación de nuestras vidas en la actualidad. El trayecto fue breve, pero cundió y me sirvió para darme cuenta de lo importante que son las decisiones que tomamos en la vida, de los factores que a menudo influyen en ella para que nos adaptemos, o revelemos persistiendo en nuestros ideales. 


Rocío Ceballos llegó y me conmovió la de veces que se disculpó conmigo porque no se acordaba de mi. Ella se juntaba con niñas de su misma clase entonces, no teníamos relación, así que era normal que no se acordara. Creo que Inma, Carmen y Cristi tampoco se acordaban de mi. En quinto yo pillé la hepatitis y falté dos trimestres enteros por lo que tuve que repetir. En ese momento la mayoría de los de mi promoción avanzaron a sexto Carolina en cambio había repetido y aunque tampoco entonces coincidimos en la misma clase, si que lo hicimos en el viaje de fin de curso, me recordaba de entonces. 

En mi época escolar las clases tenían más de treinta niños y solía haber de tres a cuatro clases por nivel. Nada que ver con el número de niños que tienen hoy los diferentes niveles en educación primaria. La hora del recreo era como una explosión de polen primaveral, niños y niñas que invadíamos el patio del colegio, las canchas de fútbol, los servicios... no había un rincón libre en aquel colegio, normal que muchos solo tengamos un vago recuerdos de otros. Yo recordaba la sonrisa de Rocío y la dulzura que desprendía. 

Claro que siempre he sido una niña muy curiosa y atenta a los pequeños detalles. Me gusta observar a la gente, aprender a base de la observación. Suelo recordar detalles peculiares de las personas que me pueden acompañar toda la vida, aunque no recuerde otra cosa más y de pronto se me vienen esos detalles y soy capaz con ellos de descifrar otros. Por ejemplo recordé la tersura del cutis de la madre de Cristina cuando la vi. Aunque no conseguí recordarla a ella. 

Lo que iba a ser una copa más se convirtió en seis horas más. Una vez en la cafetería creo que a todos nos pasó un poco igual. Nos bajaron las pulsaciones de la emoción contenida y nos dejamos llevar por tantos recuerdos. Hubo quien se marchó un rato después y estuvimos los revoltosos que casi cerramos el chiringuito.  No había nadie en el local que la estuviera liando tan parda como nosotros. Ningún grupo de los que había allí reía más que el nuestro, eramos los más escandalosos, los que más nos movíamos de  aquí para allá cambiando de interlocutores. Las bromas, no habían caducado, ni los motes, traíamos al instante a muchos otros que no habían podido asistir, también a los que ya nunca podrán quedar con nosotros en las siguientes quedadas: Curri, Diego, Maricarmen Hueso... comprendí que la muerte no tiene poder en la memoria de los vivos cuando se trata de un tiempo como el nuestro. Ese tiempo donde solo habitan nuestros recuerdos de niños donde solo hay risas, complicidades, travesuras que el dolor y la muerte no pueden, ni pondrán nunca hacer sombra. Ni siquiera cuando ese tiempo compite con el actual donde la ausencia de algunos es una realidad difícil, pero su memoria en quienes les conocimos sigue siendo la de los niños que fuimos. 


Dejamos la zona donde habíamos estado en la cafetería para que tuviese que pasar por ella LIPASAM, con palomitas y maiz no estallado regado por todo el suelo. Rstuvimos haciendo guerra con ellas a lo largo de la tarde, interumpiéndonos de unos grupitos a otros la cháchara. Iniciativa que arrancó, como no podía ser de otra manera el "MigueVera", jejeje...

Los últimos en irnos fuimos los cinco petardos de la imagen de abajo. Junto a Domingo y Carolina a la que su marido llevaba toda la tarde esperando para irse al Rocío, ainsss... jijiji. Que buen día pasamos. Los dos Migueletes tenían los coches más alejados. Así que caminamos por la acera los cinco hasta llegar a los vehículos. Nos despedimos de Miguel Ángel; y Tejero, Bea y yo nos fuimos con Vera de nuevo a La Teja donde Tejero había dejado aparcado su coche. 

El camino hasta allí transcurrió con una pechá de risas y carcajadas. Miguel desatado con las bromas conduciendo y Tejero de copiloto que quería seriedad al volante. Terminó soltando un que nos estrellásemos pero cuando él se bajase que nos hizo gracia a todos. Tejero de niño era muy asentado y formal, pero con un fondo lleno de golpes graciosos. Vera muy guasón , siempre poniendo motes a todo el mundo. Allí estaban los dos en la parte delantera del coche, una buena combinación para echar las ultimas risas del día. Y a mí lado la canija de mi Bea, la persona que más cosas sabe de mi. La miré y fue como ver pasar una película de nuestras vidas de todos estos años. Me sentí afortunada de tenerla como amiga. Sí, muy afortunada. 


A mí se me pasó el día volando y me consta que a otros igual. Del mismo modo que me consta que no fui la única que acudió a la cita con la emoción a flor de piel y algo nerviosa, expectante a ver qué daba de si el encuentro. Por unas horas fue como si el tiempo no hubiese pasado. Como si en lugar de 40 años solo hubiésemos estado un verano sin vernos y al volver a clases seguimos el mismo ritmo. 

Es esa sensación de conocer a alguien de toda la vida. Pero sin saber nada de su vida en todos esos años y sin embargo no importar quienes somos ahora, sino quienes éramos y cuánto queda de esa identidad en nosotros ahora. Las conversaciones, las bromas, las risas eran como las de antes. Conocer detalles de la actualidad de los que asistimos y que sean más importantes los nombres y apellidos que nos identifican. Que bonito reconocernos aun con la pureza que miran los niños. Con esa fraternidad donde no caben más sentimientos que los que tienen la nobleza por bandera. 

Charlamos, hasta por los codos, nos reímos un montón y hasta hubo alguna lagrimilla. Crecimos juntos de golpe 40 años en unas horas y seguíamos siendo los mismos. Que bonito es eso y que falta hacen vínculos como los que hacemos en esa etapa de la niñez. 

Estoy muy agradecida a Fernando por no rendirse. Por darnos a todos con su perseverancia la oportunidad tan bonita del reencuentro que hemos tenido. Por las que quedan. 

Cada vez somos más y somos los que nacimos en 1974. Somos únicos e irrepetibles y tan semejantes a otras generaciones similares.


Comentarios