Entre la vida y la muerte
"Una madre es parecida a Dios en el pequeño mundo de sus hijos". (La menda que escribe).
Cuando llega este tiempo es común ver la misma escena repetida. La naturaleza despega en un estallido de pólenes y trinos que llenan la atmósfera de ese sentir primaveral que nos dice que el buen tiempo llega y que a todos los que no sufren de alergias les dan tantas ganas de vivir.
Los rayos del sol cargados de tan necesaria vitamina nos alegra el espíritu, nos invita a salir fuera, a despertar del letargo de los días grises. Y no somos los únicos. En esos pequeños mundos realizados con esmero en las crucetas de los árboles, los polluelos se estiran entre ellos ocupando cada vez más espacio en sus nidos. Los veo a menudo, se les puede oír desde las primeras horas del día como aclaman a la generosidad de sus progenitores. Ellos de sol a sol viven para recolectar insectos y alimentar a su prole. Picos abiertos, clamando al cielo, esperando el maná.
Entre la vida y la muerte lo justo a veces se entrecruza con la injusticia, o quizás, solo quizás las cosas son así porque no tienen otra forma de acontecer. No se trata de suerte siquiera, sino de que a veces las cosas tienen que ser y ya está. El futuro no existe, es el ahora entre la vida y la muerte el tiempo que toca, igual y diferente para muchos individuos.
Lo he visto muchas veces, las madres revoloteando pian mientras el polluelo agoniza en el suelo. Otras veces no es así. En sus pequeños mundos el ciclo de la vida sigue su curso. Dios no existe, solo el instinto y aún así, a veces también ocurre que...
Fue el martes. Mi hijo había quedado con su chica y sus amigos para ver la procesión del barrio. Llegó del trabajo, se duchó en un periquete porque iba muy ajustado de tiempo. Mientras le planchaba la ropa en la cocina le veía comer de pie y pensé en lo mayor que estaba ya. Todo era deprisa en aquel espacio de tiempo y al salir, cuando íbamos a subir al coche.
— Mamá ven mira, esto qué coño es.
No me quería bajar del coche, porque ya sé que hay detrás de ciertas entonaciones de los mios. Insistió y salí.
— Qué coño va a ser Iván, pues no lo ves.
Estaba en el suelo, justo debajo de la puerta del acompañante.
Ahí dejamos de tener prisa. Nos pusimos a mirar hacia arriba el almendro. No se veía el nido. El polluelo era gordo de cojones y nos miraba en total silencio con sus ojos vivarachos. No hacía ningún aspaviento. Estaba allí en el suelo, como si lo hubiesen pintado en un cuadro primaveral, llenando con su presencia todo el espacio.
— Mamá que lástima.
—Si claro que lástima. Tú lo ves y a mí me toca cargar con el muerto.
Pero el muerto estaba muy vivo. Calentito. Y siguió inmóvil al cogerlo, mirándome como yo a él. No se asustó, cualquiera diría que en lugar de en un nido se había criado en las manos de algún humano. Subimos al coche y le quise pasar a mí hijo el pollo para conducir. Me dijo que ni de coña. Que a saber que enfermedades podía tener aquel bicho. "Serás hijo de puta". Le dije. "Entonces por qué coño no te has subido al coche sin más. Nooo... tú tenías que ver el pollo y decirmelo. Para que ahora yo cargue con el muerto. Y con todas las enfermedades de su especie". Mi hijo se reía mientras coloqué al polluelo en el habitáculo de las bebidas. Desde ahí abajo nos seguía mirando como si nos conociera. Siguió igual a la vuelta, callado, vivo, observándome tanto como yo a él. Mi hijo había propuesto dejarlo en algún árbol. Le dije que no. Que no se puede intervenir en el ciclo de la vida de otro y luego hacer como que nada pasa. O te implicas o no intervienes. Pero si lo haces es con todas las consecuencias. Su respuesta fue que vale, que cuidase yo al polluelo.
Al volver de llevar a mi hijo, lo saqué y con el polluelo en una mano y cinco perros saltando en torno a mí tratando de ver qué era lo que tenía en la mano. Fui a buscar una jaula donde Pepe tiene las herramientas. Han pasado cinco días y el polluelo cada vez más vestido sigue en esa jaula. Lo alimento con un palito de manualidades y papilla hecha con pienso de perro mojado. Le doy de beber con una pipeta. Y vive sobre la encimera de mi cocina en un lugar donde lo tengo muy a mano y cada vez que paso su instinto de supervivencia es estimulado por mi presencia. Ahora ya no tiene madre, pero a descubierto al dios de su vida.
El mismo dios que cada día recibe muerto uno o dos de sus semejantes desplumados y con las vísceras fueras, después de que los perros han tratado de jugar con ellos. Llegan y los sueltan supurando jugos, en el suelo del salón o en la cocina. Ya ni los entierro, los tiro al cubo de la basura y sigo con mis cosas. La vida es lo que es aunque a mí me parezca injusta en muchos de sus matices.
Alimento al mirlo que sigue en la encimera de mi cocina piando cada vez que me ve. No me cuestiono si ha tenido más suerte que los otros. Solo hago mi trabajo de madre, el que mi hijo me ha impuesto en este acontecimiento en concreto, porque soy quien ha de dar las mayores lecciones de vida. Un simple mirlo piando dentro de una jaula es una que deben aprender. Como madre actúo esperando que de verdad el mensaje les llegue mientras ellos, Lucy e Iván, pasan junto a la jaula cada día.
Cuando el mirlo se vista y pueda volar lo soltaré y que siga su curso, quizás no se vaya y vuelva, quizás acabe en el estómago de algún felino. O como muchos otros con las vísceras fuera y disecado en el entorno. No creo que se trate de justicia o injusticia porque cada vida es digna. Pienso que simplemente quienes tenemos el poder de hacer que las cosas cambien a mejor debemos actuar. Solo eso.

Jajaja Mento nunca dejas de sorprenderme, te has fijado alguna vez el gran don que Dios te ha regalado de ser una persona que sabe hacer sonreir, tranquilizar, animar y un larga lista de bondades. Yo tengo la suerte de haberlo ido comprobando durente estos años muchas de ellas. Me lo he pasado genial con tu historia. Eres una persona especial.
ResponderEliminarAhora, eso sí… pobre pajarillo, hija mía, en el video qué repertorio más fino le has dedicado. Entre cab..., hijo de ... y compañía, lo has bautizado como si fuera ya del barrio de toda la vida. Vamos, que si sale volando luego vuelve fijo… pero más por el cariño que por otra cosa, ¿eh? Gracias y un beso