77...
Llegaba diciembre y era el mes favorito en mi casa. Lo era desde niña y quise que así siguiera siendo cuando me casé. En la casa de mis padres los festejos empezaban ya en el puente de la Inmaculada porque además de la puesta de los adornos navideños y el árbol, celebrábamos el aniversario de boda de mis padres.
En mitad de las fiestas navideñas llegaba el día 30 y celebrábamos el cumple de mi madre. Hace nueve años sopló sus últimas velas. Y aunque este diciembre fueron 77... siempre cumple 68.
De aquellos 68 solo pudo disfrutar 13 días... cuando la pienso siento que murió demasiado joven, 67 años y 13 dias es una vida, a mi parecer... demasiado corta.
Aunque ella lo quería así. Me parece escucharla con su timbre de voz decir aquello de que tenía la sensación de que iba a morir joven. También que lo prefería. Habíamos pasado tanto con los abuelos... y no quería que yo volviera a pasar por aquello con ella. Siempre que salía el tema insistía en ello. Al final... tuvo arte hasta para decir un hasta luego Mari Carmen en un día 13... su número favorito. Y aunque he vuelto a hacer las paces con Dios y ya se me pasó la pataleta, a pesar de que soy consciente de lo mucho que se ha ahorrado de padecer... me gustaría tenerla conmigo. Egoístamente la sigo necesitando.
Siempre me he enfrentado a cualquier tipo de transición con agallas y coraje. No dejando hueco para el miedo, no permitiéndole al pasado ni un ápice de sentimentalismos. No soy de las que caigo con facilidad en la melancolía si la cuestión es complicada, por el contrario me crezco. ¡Pero joder! Los finales de años desde que ella no está y los putos eneros, son como tratar de subir unas escaleras heladas sin tener dónde agarrarme.
No te equivoques, no es melancolía por su ausencia. Lo que tengo se llama desgaste crónico provocado por el síndrome del cuidador quemado o burnout. Si sabes algo al respecto seguro entiendes de qué hablo. Y es algo más común de lo que pensamos. Ocurre en muchas familias y lo sufrimos muchas personas cuidadoras. Somos muchos en el sector de la sociedad al que pertenezco desde hace nueve años. Un sector éste, el de los cuidadores, tan necesario y realmente tan poco valorado.
Ese síndrome además de ir acompañado de tres tipos de desgastes que me hacen un pleno, tiene como colofón que a quien cuido es a él: mi padre. Mi guerrero... el gran amor de mi vida. Ser su cuidadora, su hija, su madre y su compañera hasta el final, es un desafío que me arrastra a ratos al declive de mi propia existencia.
He cuidado a cinco personas mayores y las he acompañado hasta su último latido. Las experiencias y el dolor se quedan como una cicatriz en el propio alma, pero esas me las guardo para mi. He vivido momentos que aunque me llenan de paz de conciencia, también persisten en recuerdos dolorosos que me hacen llorar si me descuido. Que a veces me gustaría no haber vivido, aunque eso me hiciera ser alguien más débil. Pero nada de lo que he vivido se equipara al día a día de su declive. De verle no solo apagarse sino convertirse en otra persona.
Cuidar de él me está costando la propia vida además de otras cosas que también me reservo. Porque como decía mi amigo J: "ya nadie cuida de nadie". Aunque yo prefiero decir que... "ya casi nadie cuida de nadie". Tengo una teoría al respecto y es que ya no quedan madres como las de antes. El mundo y la velocidad de las sociedades modernas las ha ido asfixiando por el camino.
En tierra de infieles me siento. La madre imperfecta. La que no quería ser madre. Cuidando de una familia como la mía que no hay por donde cogernos. No. No es para que nadie me aplauda. La mayor parte del tiempo me sale todo de culo y es tan frustrante, que me dan muchas ganas de salir corriendo y tratar de recuperar la mujer que tengo perdida en algún rincón oscuro de mis adentros. Aparcada. Anulada por decisión propia pero aún así muerta en vida.
Ya casi nadie cuida de nadie. Pero para bien o para mal... que me quiten lo bailao y lo mal bailao. En estas cuestiones lo que hacemos tiene repercusión sí, pero lo que no hacemos... lo que dejamos de hacer, cuando el tiempo pasa ya no tiene forma de cambiarse. Entonces ya solo queda que cada cual ajuste sus propias cuentas. Yo no entiendo mucho de números, pero me conozco muy bien a mí misma.
Sé que llevo una carga demasiado pesada como para echar cuentas de los números de otros. También comprendo a los que deciden delegar los cuidados de los suyos a otras personas más capacitadas. A fin de cuentas hay trabajos de altos riesgos que solo los fuertes pueden realizar.
Como decía... ya casi nadie cuida de nadie. Tampoco las madres de ahora son como las de antes...

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