LOS PEQUEÑOS DETALLES, SÍ CUENTAN.

Ian Berry  Enésimo partido del Siglo. Medio país paralizado. Pan y futbol. El opio del pueblo. La nación contra la nación. La pasión y el sufrimiento. Gritos y silencios. Llantos y sonrisas. Blanco. Grana. Defensa o ataque. Corazones. Arritmias. Arterias. Falta. Corner. Lo galáctico y lo terrenal.


     Vivimos a un ritmo frenético. Nos levantamos, abrimos los ojos y es como caer en un cilindro deslizante que nos lleva a vivir los minutos contándolos como si pudiésemos multiplicar el tiempo o a nosotros mismos. Vivimos, sí, ¿pero somos conscientes realmente de aquellas cosas qué vivimos? ¿O estamos tan aducidos por el ritmo que nos marcan las modelos de vida, qué ya no somos la mitad del tiempo ni dueños de nuestras propias vidas? Y cuando digo dueños me refiero a vivir realmente esos momentos que nos convierten en personas y nos hacen sentir la grandeza de la vida y el don que cada uno de nosotros somos como hijos irrepetibles del Creador. 

Podemos parecernos, pero a los ojos de Dios somos especiales, únicos cada uno e irrepetibles. Curiosamente nosotros en cambio queremos cada vez más parecernos los unos a los otros. Vestimos igual, vamos a los mismos sitios, tenemos intereses comunes y miramos extrañados al que se sale o destaca fuera del canon establecido como normal. Hacemos de nuestras vidas similitudes medidas por tiempos y cada vez menos vivimos en instante. Y en el momento, solo en el momento que ahora es y deja de serlo, se esconden irónicamente los pequeños detalles que hacen que nuestras vidas puedan ser especiales. Que se pueda sentir la felicidad más asidua y que nuestro paso por este mundo se complete con muchos bellos e inolvidables momentos que hacen historias que al sentirlas... nos dan ganas de dar gracias a Dios por estar vivos y poder experimentarlas. 

     Ayer solo fue un momento, un instante en el tiempo, breve, pero intenso, tanto... que llenó la vida de cuatros personas siendo tan solo eso... un breve instante.

      Pepe se iba de nuevo a trabajar. Casualmente, sus compañeros tardaron un poco más de lo acordado. Por eso nunca suelo ir con los niños para no hacer las despedidas más difíciles, siempre lo llevo sola. Pues decía casualmente, porque los niños venían y los minutos se hicieron larguísimos. Se podía cortar la angustia de los niños por la separación y Pepe, mi Pepe...  Ay... su carita era un poema. Por fin llegaron, las presentaciones al compañero que aún no conocíamos. Otra más entre el centenar de despedidas y besos que los niños le habían dado a su padre. Y de nuevo comenzamos a coger velocidad por el cilindro. 
     - Gordita te quiero. 
Eso a prisa, con un beso furtivo y un golpe de macuto a la espalda, me quedé con las palabras en la garganta atrancadas, no le contesté. Arranco el coche y comienzo a girar la esquina muy despacio mientras le miro guardando los bultos en el maletero del otro vehículo. Se me rompe el corazón y entonces, entonces sucede y vivo el momento. Mi Lucy se asoma por la ventana y con un gran vozarrón grita:
     - ¡Papá te quiero!
     Es solo un segundo, un instante...
     - ¡Papá yo también te quiero! 
Iván con un gallo grita aún más fuerte y un: 
- ¡ Y yo también cariño! ... se oye detrás.

     Le miro, sí... mi Pepe y su cara ha cambiado. No dice nada, es él quien ahora se queda con la respuesta trabada. Hemos gritado los tres desde el coche. Espontáneos, como locos, dando libertad a los sentimientos. Eso no es muy normal, lo sé por las caras de los compañeros y de algún que otro transeúnte que se queda mirando hacia el coche. No me importa, al contrario, me alegro de las veces que le enseño a mis hijos a amar... A exteriorizar lo que sienten, a no guardárselo para sí. 

Vale, puede que terminen siendo unos sentimentales como su puñetera madre. Pero también experimentaran el momento, degustaran el instante y el saberse ubicados. Apreciaran los detalles de vivir intensamente sus propias emociones, esos pequeños momentos de valentía que nos hacen sentirnos por dentro grandes y agradecidos. 

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