30 DÍAS.


"No harás nunca nada en este mundo sin coraje. Es la mayor cualidad mental junto al honor". (Aristóteles)


Es curiosa la relatividad del concepto tiempo, según lo vivimos. A veces parece pasar tan aprisa, y otras, tan lento. Lo cierto es que cuando los días transcurren con poca afinidad a nuestra voluntad hace falta echarle un par de huevos, una docena, o una granja avícola entera, hasta con el camión del reparto. 

Estos días solo la rabia y el coraje me mantienen en pie. Y creo que también hay honor en ello, en este laberinto mental de las emociones hay que tener muy claras las prioridades y avanzar en linea recta, siempre avanzar.

Intento escribir y no me sale nada. 
No quiero que se me desate la caja de Pandora. Cuando una está tan herida, es fácil soltar los demonios, dejarlos ir y que dañen a otros. Yo intento siempre que eso no pase, pero a veces, a veces desearía no tener que preocuparme. Solo saca la rabia, la impotencia, el dolor que tengo dentro y gritar hasta dejar sordo medio planeta.

Hace un mes, pasé mi última noche con ella. 
Estaba tan llena de vida, tan positiva, con tantas ganas de salir adelante, de intentar ganar aquella operación y tener mejor calidad de vida, que... Solo pude callar. Guardarme la verdad que conocía y tener fe. 
Una esperanza, esperar algo que sabía que no llegaría. Unos días antes lo había intentado. Es duro tener este don de ver lo que va a pasar y saber que no puedes hacer nada por cambiar la situación. Aún así lo intenté. Le dije a mi madre que podía echarse atrás en la operación. Que no me daba buena espina. Que podía esperar. Pero ella estaba decidida. ¿Quién era yo para imponer en su voluntad un cambio? 

La noche, antes de la operación fue larga, anoche también. En mi trabajo con las luces apagadas, escuchando la respiración de la abuela que cuido y en completa soledad recordaba la última noche con mi madre antes de la operación. Ni siquiera anoche pude llorar, solo se me desbordaban las lágrimas por los rabillos de los ojos como si hicieran república independiente a mi voluntad y a estar dentro. Pensaba en mi madre, mi madre de mi alma... Ella estaba con esperanzas. Tenia tanta luz. Tanta vida. y yo tanta negatividad dentro por la verdad que conocía que solo supe hacerme un bloque y aguantar el chaparrón, eso se me da muy bien. Convertirme en un bloque de hormigón. Hablamos, bromeamos, hicimos planes de como pagar el aparcamiento público para los al menos quince días que íbamos a estar en el hospital. Yo estaba allí participando de todo, y también estaba en el fondo de mi abismo desde donde comprimida lo miraba todo como una tercera persona. 
Cuando esa noche las luces se apagaron, me quedé en silencio, mirándola, hasta que rendida se quedó dormida, y yo seguí allí, soportando el cansancio, mirándola como dormía. Pidiendo un milagro que no me sentía digna ni de pedir. Pidiéndole a Dios fuerzas para aceptar lo que se me venia encima. no derramé ni una lágrima, me limite a tener esperanza. y amaneció. 

La ayudé a ducharse, le habían dicho que debía afeitarse su zona intima y decidió que fuera yo quien se lo hiciera en lugar de la enfermera. Le lavé la espalda con el gel de quirófano, la depilé, mientras la ayudaba pensaba que ese era el cuerpo del que yo me había alimentado como un chupóctero en mi etapa gestacional. La miré sabiendo que era la vida lo que se me iría en ese cuerpo, mi madre.

El cirujano aconsejó no tocarla mucho una vez lavada y que esperase en la cama hasta que vinieran por ella. Ni siquiera la besé. No lo hice.
Sabía que si la besaba me vendría abajo y ya no podría disimular. Por la mañana llegaron mi padre, mi hermana, mi hija y mi tía. Dijimos que era mejor que no la besaran ni manusearan, que el medico así lo había aconsejado.
Pero cuando el camillero paró en la puerta de quirófano no pude callarme, le dije a mi padre que la besara. Y él no quería, e insistí. Y mi madre le dijo que sí y le dio un beso casto cerca de la comisura de los labios. Y le dije a mi hija, dale un beso a la abuela. Y mi madre le hizo a Lucy señal de que se acercara y la besó en la mejilla. Mi madre no dejó de sonreír en todo momento. Yo tampoco. Cuando ya  la entraban y todos nos volvimos para la sala espera, me volví un momento a mirar y esa fue la última vez que la vi con vida. Su rostro reflejaba preocupación y miedo, ella ya no nos veía y yo supe que era mi espartana enfrentando su destino. Era una mujer valiente, que luchó hasta el final por una vida con mayor calidad, no se conformó con la mediocridad. 

Desde ese momento hasta ahora lo único me mantiene en pie es el coraje de vivir.  
Y esta puta soledad interior donde intento reconciliarme con Dios. 
Van 30 días y aún me niego a aceptarlo. 
Y no entiendo, de verdad que no entiendo como soportan esto lo que en lugar de aceptarlo solo tienen la elección de resignarse. 

Átame fuerte Padre mío, que yo no me resista.



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