AVANCES.



Resistir supone negarse a dejarse llevar a una situación que cabría aceptar como lamentablemente definitiva. Stéphane Hessel



En muchas ocasiones me he visto frente al portátil, escribiendo esta entrada, el tiempo a pasado relativamente deprisa estos dos últimos años y tan lentos los últimos nueve días. Eso es lo que ha durado mi Anita una vez la sacaron de su casa, nueve días y medio. 

Hace dos años cuando fui a la entrevista de trabajo, recuerdo que por el camino hablaba con mi marido de lo que suponía ir a una entrevista para cuidar a una anciana con 97 años. Incluso nos reímos. Hacía tanta falta el trabajo en casa, que había que intentarlo. Recuerdo que lo primero que pensamos y aunque suene algo mordaz fue en cuanto iba a durar ese nuevo trabajo de aceptarlo. 

No olvidaré la primera vez la vi. Entonces yo no conocía esa carita suya de miedo y de estar conteniéndose por algo que no le gustaba y que por cojones tenia que acatar. Recuerdo como hablaban por ella y como ella simplemente estaba allí conteniéndose. No entendía que la señora que la había atendido antes que yo, ahora no podía estar en una jornada diferente que abarcaba la noche. Habló o intentó hacerlo un par de veces para decir que quería que Pepi estuviera con ella. Y a mi no me gustó el modo en que se dirigieron a ella callándola. Yo me críe con mis abuelos, entre mayores, jamás los traté así, ni cuando el agotamiento físico y moral llegó a limites incalculables que solo mi padre y yo conocimos. Mi abuelo paterno murió en mis brazos cuando yo tenia quince años después de tres meses de agonía en un hospital donde una gangrena lo fue conquistando en una lucha encarnecida, y digo encarnecida literalmente. Mi padre y yo sabemos que fue así, pero ninguno de los tres nos rendimos hasta que él, o mejor dicho su corazón ya no pudo con tanta putrefacción.

La agarré de la mano después de aguantar a su familia y su verborrea durante al menos media interminable hora y la miré.
- Nadie me ha dicho aún como se llama ella -dije mientras me volvía mirándola y le preguntaba-  A ver, ¿Cómo se llama usted?
Como toda persona de su generación me dijo su nombre entero con ese tono de reverencia que solo faltaba el añadido de: para servir a Dios y a usted.

Y me conquistó.

La vi tan desvalida, tan necesitada de alguien como yo con ganas de darle amor. Que no pude negarme pese a lo misero de las condiciones.
- Ana, ahora mismo usted se siente mal, no me conoce, yo soy una extraña y sé que quiere que Pepi se quede como hasta ahora. Pero ya verá cuando me conozca se alegrará y nos vamos a llevar muy bien.

Hace diez días mientras desayunaba su tostadita con jamón, el cual para que se lo pudiera comer se lo picaba con las tijeras como si fuesen pequeños granos de arroz. Le decía a su sobrino que estaba allí esperando que terminase para llevarla a la residencia.
-Mientras mi niña me cuide así yo no me muero, las tostaditas que ella me da no me las hace nadie. Ninguno me las sabe hacer como mi niña, así como me voy a morir. Bueno, me tendré que morir un día cuando Dios quiera, pero no ahora.

Odio tener que escribir esto que puede que suene muy prepotente. Porque se que Dios así lo habrá permitido. Pero se que mi Anita se ha dejado morir estos días. Ella no quería salir de su casa. Y por muy bien cuidado que los abuelos estén en un centro de mayores. Donde mejor están es respetando su dignidad. Por eso me jode tanto y por eso estoy tan mal, por eso siento odio, y por eso me gustaría golpear a más de uno si no literalmente; con la palabra. Que espero que Dios me ayude y me de serenidad mañana. La vamos a velar dos días, no la entierran hasta el domingo, y yo hoy no voy al velatorio, porque tengo tanto odio, sí, odio en mi corazón, que me conozco y se que no podré callarme ciertas cosas.

¿Sabes? He sufrido en mi vida situaciones extremas que me han empujado a ser una adolescente con estados depresivos. Después de lo de mi abuelo, me costó superarlo sola, mucho. Y en mi cabeza quedaron secuelas, desde entonces la depresión se quedó a vivir conmigo junto a mi hipotiroidismo. Ambos de la manita, la depresión iba y venía como el que tiene un familiar que te visita en ciertas temporadas ocasionalmente todos los años. Solo las personas que padecemos pensamientos suicidas sabemos lo duro que puede llegar a ser sobrevivir un puto día con tu cabeza dando vueltas a mil ideas de como hacerlo. Ideas de liberación, de culpa, de remordimientos, ideas de querer que todo acabe y de temer a un mismo tiempo realmente perder la cabeza del todo y con un acto matar a alguien más que a ti.

Yo, mejor que nadie sabia de desesperación. Y ella me pareció tan desesperada aquella tarde que la conocí. Que lo último que hubiese pensado es que aquella abuelita de 97 años me daría en dos años de vida la mayor lección de lucha que jamas podría recibir. Lucha por sobrevivir, por no rendirse.
En estos dos años ha habido días en los que llegaba al trabajo muerta espiritual, psíquica, y casi carnal... iba echa una mierda vamos. Y lo hacia por ella. Pensaba: ¿como puedo sentirme tan mal y Anita que se está consumiendo lentamente tiene tantas ganas de vivir aún?
Y llegaba allí y ella, pese a que yo bien trataba de reír, se daba cuenta y me preguntaba. Y me daba ánimos, a su modo, en sus limitaciones. Con su propio punto de vista. Y joder, me servia, siempre me servia para poner a caldo a mis propios demonios y seguir luchando. Así que ironía de esta vida, la mujer fuerte, terminaba por ser ella y yo la cuidadora cuidada. Y en muchas ocasiones, juro por Dios que habría cambiado mis años a pelo por los suyos solo por experimentar de primera mano esas puñeteras ganas de vivir que tenía y que a mi tantas veces me faltan.

Y por eso estoy jodida, por eso estoy cabreada, por eso hoy que nadie me consuele que voy a dar todas las putas pataletas que me de la gana. Porque me parece muy injusto. Me parece una situación muy injusta el modo en que ha muerto.

Mañana o pasado, o cuando sea me serenaré y avanzaré. Y lo veré de otro modo. Pero hoy no. Hoy solo quiero estar así, como estoy. Llorar y cagarme en to lo que se menea hasta que me salga toda esta puta rabia de dentro. 





Comentarios

  1. Me siento igual que tu, y sentirse así, sienta fatal, que hasta he tenido sueños desagradables en que me perseguía el demonio agresivamente con su forma transparente y monstruosa

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Los sueños, son solo sueños. Y si en algún momento crees que puede ser algo más. Reza, invoca al Espíritu santo y confía en que ni el mismo demonio tiene poder frente a Él. Podrá tentarte, pero en tu libertad, tú elijes siempre. Elije no tener miedo, no tener rabia, no tener odio por nada, es lo mejor, es lo correcto.
      Saludos.

      Eliminar

Publicar un comentario

Escribe sin miedos.
Deja escrito lo que piensas.Las palabras liberan a las personas.

Entradas más vistas del último mes.

Daisypath Anniversary tickers