Y VUELVEN, LOS 11, LOS 12, LOS... 13...


"Uno no puede ir por la vida sin dolor. Lo que podemos hacer es elegir el dolor que la vida nos presenta".(Bernie S. Siegel)


Es ley de vida, ya lo sé. Pero que nadie se atreva a recalcarlo por que no respondo de lo que mi dolor haga... o responda.

Cinco, ya son cinco meses. 

Hoy llegó a toda pastilla de llevar a Pepe a su trabajo, a los niños a sus respectivos centros educativos, los huevos a la plaza, carreras, carreras y por fin llega el momento de desayunar con mi padre. El breve tiempo que le dejo solo me angustia que le ocurra algo, pero eso no está en mi mano todo el tiempo de cubrir, a veces he de hacerlo. 

Está revisando el goteo de los naranjos. Le digo que vaya terminando que le llamo en cinco minutos para desayunar, me dice que vale y continuo camino arriba. Miro el móvil,  acaban de mandarme un mensaje. Entonces veo la hora que es, el día... en fin... el día es inolvidable.
A esa hora se llevaban a quirófano a mi madre hace cinco meses. Elijo no pensar en ello. El dolor que tengo en el pecho no tiene opciones. 

He elegido una versión de duelo que no sé si es la más apropiada. La gente acude a psicólogos y especialistas de la mente que les ayuden a superar el trauma. Yo, le echo muchos huevos y resisto. Intento engañar a mi mente. A veces pienso cosas tan absurdas como que ella sigue ahí en la casa de al lado. Casi nunca funciona, duele que te cagas. Pero yo lo sigo haciendo. 

Cada mañana el ritual del desayuno es igual desde que a mi padre le dieron el alta y está en casa. Es lo mejor de no tener trabajo. 
Hubo un tiempo que era lo mejor también, cuando los niños te necesitaban para que les calentaras la leche. Ahora van por libres, la cocina de casa los findes se convierte en una mini cafetería donde cada individuo se sirve su desayuno buffet. Solo papá se sienta y espera que se lo pongan todo por delante. 

Entre semana lo hacemos los dos solos. Es el rato que aprovechamos para hablar, suele convertirse en una hora aproximada, o más, nunca soy consciente del tiempo que invertimos hasta que le veo salir recolocandose la cartuchera de las herramientas a la cintura y el sombrero de paja. 
Cuando a las tostadas suyas le queda nada, salgo al porche y le doy una voz: "papá venga el desayuno" El me contesta que ya viene, pero casi siempre he de salir una o dos veces más y volver a llamarlo.

Mientras le espero, son los momentos más duros. Me parece oír a mamá llamándole. Dios! Que paciencia tenia ella. A veces venia aquí a casa quejándose y diciéndome que estaba hasta el coño de darle voces ya a papá y que luego tenia que volver a calentarle el café... Yo me reía y le decía que no se pusiera así porque él no iba a cambiar a esas alturas. A menudo les oía discutir a voces ahí afuera en la parcela y a mi me hacia hasta gracia, me reía de sus cosas. 
Tengo el eco de sus voces grabado aquí en mi conciencia y a veces es como una barrena con punta de diamante que me taladra de lado a lado todo el ser. Cada mañana es igual.

Hace unos días hablando con mi hermana por teléfono le pregunté como llevaba lo de mamá. Me dijo que sorprendentemente lo llevaba bastante bien. Quizás sea que ella no está aquí, que tiene tres hijos pequeños que no le dan tregua a pensar. Me alegré por ella. Es lo que quiero, que no sufra. Cuando me preguntó como lo llevaba le dije que bien, que a veces tengo mis momentos y me vengo abajo, pero bien.
No se si será que no se mentir o que. La oigo decirme: "Gordi sabes que te quiero mucho. Mucho". "Sí ya, como la trucha al trucho" y las dos nos reímos. Y vuelvo a escuchar las notas musicales de la canción de Malú, Blanco y Negro, en mi cabeza. La bailamos las dos agarradas en mitad de la sala de espera esa mañana cuando se llevaron a mamá al quirófano, la bailamos durante la noche del velatorio. En fin... Yo la bailo sola en mi imaginación cada mañana cuando papá sale de casa tras el desayuno y vuelve a sus tareas de la parcelita.  

Mientras desayunamos, le veo montar el peladero de ajos, y su interminable echar y echar aceite en la tostada... Y pensar que la dieta que le han puesto solo le admite una cucharada al día. Tengo que aguantar la risa. No pienso pelear con eso, bastante tengo con conseguir que se tome todo el tratamiento. 

A veces como hoy hablamos de mamá...
Somos dos titanes sobreviviendo a su falta. 
Cuando le veo llorar, soy muy egoísta. En mi corazón nace un impulso intenso de que él muera también. Así al menos no sufrirá. Cuando le oigo tan triste, tan solo, echándola tanto de menos... Pienso que prefiero vivir sin él, sufrir su perdida y al menos saber que él ya no sufre. Entonces, comprendo que he de elegir incluso el dolor e intento cambiar el tercio y llevar el momento a un recuerdo que nos rompa la risa y nos amortigüe la caída en el vacío de su ausencia.  Y pasamos de estar tristes, a estarlo pero partiéndonos a carcajadas.

Río tan poco... que me pregunto quien me hará que me falte el aire de reírme cuando él no esté. Así que si el precio es soportar su dolor junto al mío... Seré egoísta, o seré lo que tenga que ser. Pero quiera Dios que el dolor y la risa bailen juntos muchos desayunos... Y el recuerdo de ella nos acompañe aunque sea abriendo el alma y las entrañas en canal. 





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