TE ODIO CON TODA MI ALMA, PORQUE SE QUE TE PERTENECE...



"... Y AL GRITAR QUE ME ODIAS, HERIRÁS TUS SENTIMIENTOS....
... Y SABRÁS CUANTO ME DUELE TAMBIÉN A MI AMARTE". (Dios)



¿Cuánto dolor puede soportar un corazón humano sin que éste estalle y se pare?
¿Cuánto sufrimiento albergar el alma?

Te odio Señor, te odio. 
Y es un sentimiento tan real como imperecedero a las horas que vivo. 

No seré yo quien mienta en esto. Quien diga que todo está bien, y quien diga que lo acepto para aparentar serenidad y no desorbitar la tierra. 
A la mierda!!

Me duele, y lo digo. 
ME DUELE, y lo grito.
Y lo pataleo...
Y si pudiera lo lloraría, pero me duele tanto dentro, que es como tener una esponja atragantada en la garganta y los lagrimales... Que no me deja llorar, que no me deja romper esta puta desesperación que llevo dentro. 

Y qué pasa si en el fondo todos somos igual de débiles, todos sufrimos y callamos por mil razones que seguro podemos justificar. Pero que al final por mucho que intentamos disimular, están ahí dentro, como una planta invasora chupando nuestra savia. Incrustando sus raíces a nuestro tronco, infestando nuestras corrientes vitales. Matándonos lentamente de soledad por no querer admitir que nos duele. Por no querer pagar la purga, por no ser medido, señalado, y sentenciado a algo que no creemos nos hará justicia. 

Pues yo no. 
Yo no me callo. 
Y quien no lo entienda que lo busque en la wikipedia, a ver si tiene más suerte que yo y encuentra una respuesta que le alivie tanto como para devolverle la vida sin decir que está ya muerto. 

No puedo más y Él lo sabe. Y sigue en silencio y yo desespero. 

Te odio Señor, te odio. Nunca antes te había dicho esto, pero es que nunca antes algo me jodió tanto como para que ni una pataleta me hiciera aligerar el peso y descargar lastre en lagrimas. 

Yo la necesitaba aquí conmigo, y Tú... estabas ahí callado mientras todo sucedía. 
Te odio con toda mi alma, te odio, para que haya algo más fuerte que este dolor que siento.

Mientras le habrían el pecho intentando arreglar su corazón yo ya moría lentamente. Dolía tanto, tan pronto, que no había cabida para la esperanza. 
Vi un poco de ella en los ojos de mi hermana que me buscaban en aquella sala de espera del hospital. Pero no había esperanza en mi, lo sabía mientras para asombro de las personas que allí había, mi hermana y yo nos abrazamos y bailamos un lento cantando ambas a dúo la canción de Malú Blanco y Negro. 

Mientras cantaba y seguía los pasos, recordaba la conversación de mi madre días antes por si la cosa no salía bien. La niña orejitas que es mi vida, era una mujer más alta que yo entre mis brazos bailando, y mamá me había echo prometer que no la soltaría. 

Esa noche ya con mi madre de cuerpo presente, en el mortuorio del hospital, nos miramos, ya ninguna tenia esperanza. Y mi hermana pidió que si alguien podía poner esa misma canción. Y al son de un vídeo de youtube, la volvimos a bailar allí mismo. Como dos Titanes que se retan para no perder el trono de poder. 

Es ley de vida. Las madres mueren. Y nadie se va detrás, ya lo sé. Yo ni siquiera era madrera, así que se supone que lo he de llevar mejor que otros. A tomar por culo, duele como vivir, como respirar, algo continuo que no cede. 

Pero es que yo ya estaba al limite de mi capacidad de aguante. 
Y aún así tengo que seguir en pie y resistir.

La mañana que enterraron a mi madre. Creí que moriría yo también. Pero ahora se que nadie muere de dolor de corazón. 

Con quince años mi abuelo murió en mis brazos, yo le amaba, pese a que era el mayor hijo de puta, egoísta, mal esposo, mal padre... Pero era mi abuelo, me enseñó a leer, crecí a su lado y era su niña. Había que exhumar su cadáver para meter allí a mi madre... A mi madre...

Esa mañana una vez más las elecciones marcan quienes somos. Fui sola. Nadie más pasará ese mal rato, me dije, y lo hice.
Veintisiete años después el esqueleto estaba completo. Hoy no me encuentro con fuerzas para compartir que sentí al verle. 
Me fui llenando de dolor.
Y así voy.
No importa lo delgada que me esté quedando, cada vez peso más.
Más, más... Y te odio por todo ello. 

Sé que estás ahí. 
Y no comprender tu silencio, es lo que más me duele. 
Lo que más me mata en vida, lo que más infesta de dolor y rabia mi momento. 

Lo único que me consuela es saber que otros rezan por mi. 
Porque sin sus oraciones, no habría paz para los malditos. 




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