QUIEN AGUANTA VENCE.



"LAS ACTITUDES SON MAS IMPORTANTES QUE LAS APTITUDES"
(Winston Churchill)


A mi me criaron en actitud de no tirar nunca la toalla, y de que el fuerte jamás abandona al débil a su destino. Nadie me lo impuso, nadie me dijo que sería apta para tal cometido. 

Lo vi en ellos, lo absorbí, lo hice mi combustible y aquí sigo, intentando adaptar mis principios al combate del día a día. Aunque a menudo se me vea patalear y revolcarme como una posesa. 
Cuando pasa mi momento de angustia y me calmo, soy como Leónidas I. enfrento mi destino y (.) no delego en nadie.

Anoche lo hablaba con un amigo que para mi es muy importante. No hay nada malo en mostrarse débil, o jodidamente desesperada, cuando quien tenemos enfrente es benévolo en su juicio hacia nosotros y nos atiende. 
Y aún si así no fuere, mostrar quienes somos, es un modo de mirarnos desnudos al espejo de nuestra realidad y poder ver con claridad que cosas son mejorables. 

Definete con tres palabras. 
Jejj... Ahí van las mías.
ATÍPICA. CONTRADICTORIA. PATALETAS.
Esa soy yo. No hay más. A no ser que quieras complicarte la vida. 
Pero vivo el instante intensamente que al fin y al cabo es de lo que se trata la vida... Vivir... y poner quienes somos al máximo rendimiento en cada instante haciendo que cuente. 

Ayer recibí muchos mensajes de personas que me seguís preocupándoos por mi estado anímico. 
Estoy bien. 
A veces me rompo, y maldigo como todo hija de vecino. ¿Acaso hay algo más humano que eso? Y ya sabes, cuando de dar pataletas se trata yo... me subo al podium y voy por el centro a toda consta, jeje.

A veces necesito perder. Sentirme la más rata de las criaturas y morir a mi orgullo. Solo entonces puedo escucharle a Él con total claridad. Él que me dice: "Ánimo, yo he vencido al mundo." Y me devuelve a la vida haciendo que comprenda que no se trata de mi capacidad de superación solamente, si no de mi capacidad de elección. Y elijo quedarme a su lado. 

Vivir, entre otras muchas cosas conlleva elegir. 
Constantemente. 
La actitud de aguante frente a las malas elecciones, nos garantizan el poder ser aptos para una futura victoria. O quizás, para perder esa batalla, pero seguir vivo para lidiar la siguiente. 

Lo he visto claro en veinte minutos de desayuno con mi viejo. 

Sentados frente a frente. Con nuestros cafés y tostadas. Y le pregunto donde tiene el móvil. Hace un par de semanas le compré uno de esos muy básicos para mayores. Convencida de que no será capaz de utilizarlo. O de mantenerlo en condiciones optimas para lo que es. Pensé que lo perderia en el minuto uno por la parcela, y tendriamos que buscarlo entre el verde a golpe de llamada, pero no, sobrevive. Y ademas lo lleva en el bolsillo en su funda y lo conecta a su base cuando entra en la casa. Ya sabe usar el botón de emergencia y hasta no colgar cuando le llamamos, vamos, que promete el avance. Jejeje... Para un tío tan bruto de campo, y encima analfabeto, eso es una gran hazaña de la que como hija me siento orgullosa. Más que nada porque son cosas que él nunca se vio en la necesidad de aprender a utilizar, para eso tenia a su mujer que se lo daba todo hecho.  


Pues se me ocurre ir más lejos. 
Le pongo una tarjeta de memoria y le pongo un par de fotos de mi madre. Una, ésta, la última que le saqué (joder como duele solo de escribirlo) en Nochebuena, maquillada, guapísima con sus ojos celeste cielo. 

Sabía que lloraría, es el palo del que salió esta astilla. Y lloró. Mi padre es un hombre duro, como pocos he conocido en la vida. Y también un hombre que llora. Pero cuando lo hace, sus lagrimas son afluentes de fortaleza, de resistencia, de combustible para mi, aunque se me parte el alma verlo así. 
Lloramos juntos. Y cuando se nos pasó. Vino lo complicado. Que aprendiera a entrar en el menú con sus endurecidos dedos de labranza que cada vez que pulsaban el botón, pasaba las seis o siete opciones del menú de una vez. 
Ahí estábamos los dos, del llanto a la risa, al cachondeo de lo absurdo de lo más básico y cotidiano. A reírnos de nosotros mismos y hasta de nuestro dolor. 

Así que después de una larga hora para que aprendiera a usar el menú y encontrar las fotos de mamá y usar las teclas de número para llamarnos. Lo vi tan claro que había que pasar al bachiller del aprendizaje: Reconocer la llamadas por una banda musical y no por el ring-ring básico, jejeje.

¿Y que mejor tono de llamada que el de Ennio Morricone llamado "El Trío"?
Porque sabía que es algo que a él por historia y edad le iba a gustar y porque pega con nuestra historia propia. Aquí estamos enfrentando nuestro destino con lo que tenemos y frente a quien ose plantar cara.

Suena la música, y el hombre que lloraba, de pronto empieza a reír. Y se hecha mano a las cartucheras y saca su tijeras de podar. Y suelta eso de que ya está preparado. Nos partimos de la risa. Me dice que ya cuando lo llame yo y esté por medio la parcela, solo hace falta que los vecinos lo vean sacando en lugar del móvil, el cuchillo o las tijeras de las cartucheras que lleva a la cintura con las herramientas de poda. Y hace un poco el payaso, como el que desenfunda, en mitad de mi cocina con el tono de llamada sonando.

Río, mientras el alma por dentro aún llora.
Sé que esa es la actitud.
Que no importa lo contradictorio que se puede ver desde fuera. O lo atípico. Me siento orgullosa de parecerme a él. De luchar esta batalla de la vida junto a mi rey espartano.

Y solo le pido a Dios una cosa.

Que no me tenga en cuenta mis pataletas. Y que me deje vivir el tiempo necesario para ser yo quien entierre a mi padre y no al contrario. Aún tengo muchas batallas que lidiar a su lado y también continuar la saga cuando no esté.





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