VINCULO A TEMPORAL.


Detenerme en el tiempo. 

Poder vivir el instante. No tener que pensar, ni esperar, ni temer por que hay detrás de este momento.

¿Puede el hombre aquí y ahora en este envoltorio mortal y caduco que es nuestro cuerpo vivir a temporal? Podemos sentir lo que es el infinito dentro de la creación en un segundo de nuestra existencia ahora? A mi no me cabe duda de que sí. 

Lo escribo y afirmo aún sabiendo que puede sonar a delirio lo que escribo. Pero nunca he estado tan cuerda en mi vida, ni tan segura de que lo que vivo es tan real como estar aquí sentada frente al pc tecleando e intentando compartir contigo algo que sólo la experiencia de la fe me da valentía para contar aún sabiendo lo poco que puedo ser comprendida.

Este domingo en misa viví algo que ni siquiera se como transformar en palabras. Pero tengo que encontrar el modo de hacerlo. Porque es algo tan grande, que es imposible guardar para mi sola.  Los jóvenes de confirmación y yo, que soy su desastre de catequista, fuimos juntos a misa después de catequesis con el otro grupo de confirmación de adultos. Y fue en misa donde me sucedió.

Tengo que confesarte que pese a que intento que no se note, iba rota por dentro, de agotamiento físico, mental y agobiada por el poco tiempo que tengo para mi y mi familia. Aún así, se donde tengo que estar y cuento con Pepe que siempre está haciendo de trípode con el Señor y conmigo en este matrimonio de tres. 
Sufrir es inevitable, tener inseguridades o sentir la pequeñez frente a ciertas circunstancias es lo que toca en este espacio de tiempo que vivimos. Está incluido en nuestro pack como mortales, aunque suele pesar más los sufrimientos que las bendiciones que recibimos al poder experimentar este estado de compartir alma y cuerpo. La vida que conocemos, sencillamente es así.

La misa fue un poco ajetreada, yo lo que necesitaba era sentarme allí en mi banco y empaparme como una esponjita. Pero, jeje, Dios es tan imprevisible. Justo cuando comenzó la misa, el sacerdote me llamó allá arriba en el altar donde estaba sentado. Pensé: Tierra trágame. En plena primera lectura y con lo que abulto yo cruzando por allí en medio. Me siento al lado del cura en el taburete del monaguillo y pego el oido, me pide un favor que no dudo en ir y hacerle. Aunque para ir a su despacho primero tengo qe cruzar de nuevo por medio delante del altar y coger las llaves de su chaqueta que está en la sacristía. Eso me pone ya toda la celebración patas arriba, porque cuando vuelvo ya va por el evangelio y mi grupo de confirmación se están riendo imagino que de verme a mi la cara. Intento sin éxito entrar en una actitud de escucha, pero nada.  Ya no se ni que me pasa, me inquieto, y tengo la sensación de que voy a otro ritmo porque no consigo centrarme. Y llega el momento de comulgar. Y vuelve a pasarme algo que ya me ha pasado en alguna ocasión, me quema. Siento los labios en el punto donde ha tocado la Sagrada Forma que me me quema y la lengua que me arde.  
La primera vez que tuve esa sensación fué durante la celebración de los segundos escrutinios en el Camino Neocatecumenal. Cuando en el rito te ponen la pastilla de sal. Al terminar algunos hermanos hacían referencia a que lo habían pasado mal por el sabor intenso de la sal en la boca. A mi me ardía, no quise comentar entonces nada al respecto. Recuerdo que mi ángel de la guarda me dijo: ahí lo tienes, para que no dudes. Y en al menos cuatro ocasiones he tenido esa misma sensación en estos últimos años al comulgar. La última este sábado.
Me quedé sentada, cerré los ojos y busqué en ese calor a Dios. Sin hacer preguntas, sin pedir nada, sin agradecer, en un instante de intimidad que no encuentro palabras para expresar y me perdí en Él. Me pareció una eternidad de tiempo, aunque dudo que fueran más de tres minutos. Pero juraría que había pasado un siglo como poco. Volver a la realidad fue extraño, como estar en otra dimensión y desde muy lejos escuchar que me llamaban. El Padre Ignacio lo hacia pidiéndome el librito que había ido a buscarle.Cuando salí de ese instante a temporal, era como haber vivido una vida entera, con lo que conlleva de conocimiento y de experiencias. Salí nueva, reconfortada, segura de que nada de lo que estoy viviendo con respecto a la fe es una quimera o una ilusión, si no todo lo contrario. Con una paz interior que soy impacaz de describir. Una paz interior que me da la valentia para contar cosas como estas que pueden sonar tan irreales. Para esperar un mañana y una vida que nunca termina porque me encuentro en Él y Dios no tiene ni principio ni fin. No me preguntes como es esto, no lo se, pero se lo que siento y es justo lo que necesito ahora.

 Solo puedo explicarlo muy breve y humano diciendo que entre Dios y mi persona he descubierto un vinculo a temporal que me hace respirar y mirar a los ojos al sufrimiento sin miedo y sabiendo que nada puede ya romper este vinculo de saberme en Él.



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