Blog personal, donde cuento experiencias de la vida cotidiana en relación con Dios, con la familia y con los amigos. Si te apetece desconectar un ratito y descansar, conectaté a este blog, encontraras muchos amigos de los que seguro aprenderas algo bueno, como estoy aprendiendo yo.

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Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas. (Dt. 6,4.)

lunes, 29 de septiembre de 2014

CREÍ POR ESO HABLE: Alrededor de tu mesa.




      No he conocido una mesa más importante que la del altar del sacrificio, ni un alimento más acto para mi que su Cuerpo y su Sangre, pues calma todas mis necesidades. Durante el IIIEncuentro, tuvimos varias celebraciones eucarísticas celebradas por los sacerdotes que nos acompañaban en esos días. Fueron momentos muy bonitos. De vivir realmente la esencia de nuestra fe compartiendo a Jesús. En unos momentos tan intimos de fraternidad, de unión en el Espíritu de Dios, en su Cuerpo compartido que se nos ofreció una vez más junto a los hermano, los amigos de batallas en la fe y los blogs. Personas que compartimos nuestra misión evangelizadora en internet y que de pronto estabamos allí. Todos reunidos en el Monasterio de las madres cistercienses de san Quirce y santa Julita de Valladolid. Allí en el templo, reunidos por y para Él. Celebrando la Santa Eucaristia, la fiesta de las fiestas. Humanos, cercanos, en persona, poniendo cara a las personas que hay tras los blogs, tras los perfiles sociales. Que momentos tan bonitos que vivimos. Si no estuvistes el año pasado te aconsejo que no te pierdas este año la oportunidad. Son momentos que hay que vivir sí o sí, por que te dan una presión de energía para seguir activo aquí en este continente digital.

Hay un evangelio que a mi me gusta mucho.es este: Marcos 2,13-17
Salió de nuevo por la orilla del mar, toda la gente acudía a él, y él les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme.» Él se levantó y le siguió.
Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que le seguían. Al ver los escribas de los fariseos que comía con los pecadores y publicanos, decían a los discípulos: «¿Qué? ¿Es que come con los publicanos y pecadores?» Al oír esto Jesús, les dice: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»

Siempre que me enfrento a este evangelio, me traspasa la curiosidad de querer saber como serian aquellos momentos en que Jesús, siendo Dios, siendo el hombre más importante y más Santo de la humanidad, se sentaba a la mesa de todos. A comer junto a las personas corrientes, y en una época y unas culturas en que aquello era una ofensiva según junto a quien se sentara a comer. Las personas siempre hemos tenido prejuicios, y siempre a lo largo de la historias se marcan los limites entre iguales y se tiende a separar. Yo no entiendo mucho de casi nada. Me gustaria ser más lista, saber más de como era aquel tiempo para saber valorar aún más las lecciones de humanidad y divinidad que Jesús dio en cada uno de sus gestos. Gestos tan sencillos como sentarse a una mesa, ya fuera de amigos, o de enemigos, ya se viera bien o mal. Allí estuvo Él. Dando a conocer al Padre con un ritmo humano y tan sencillo de poder ser apreciado por los hombres, que muchos no pudieron entenderlo sencillamente por lo fácil, que a mi parecer,  lo hizo. ¿Puede una simple charla sentado a una mesa cambiar el ritmo y la dirección de una vida? Yo creo firmemente que sí. No se trataría solo de pasar mas o menos agradable la velada. Cuando Jesús es el centro de la mesa, ya sea la del altar, ya sea la de un comedor, Dios mismo lo llena todo y lo hace todo nuevo si uno de verdad desea que sea así.
Doy gracias a Dios por los momentos que viví con mis hermanos blogueros en el comedor del hotel del mismo modo que lo doy por los que vivimos compartiendo la celebración Eucarística, en todos aprendí mucho sobre quien soy y para que me quiere Dios. Y encontré respuestas a muchas de las preguntas que llevaba en mi maleta. 
No, no se trata de un grupo de personas con gustos comunes que se reunen una vez al año para hacer un evento bonito, rezar, comer y beber... No, no era tampoco lo que decían de Jesús y los suyos que eran un grupo de borrachos y comilones. La esencia misma de la fraternidad se da en esos momentos de compartir, no solo un plato, sino de poner cada uno alrededor de la mesa los dones con que Dios tan perfectamente nos creo y saber ponerlos al servicio de quien comparte en ese momento nuestra mesa. ¿Hay un momento en familia más bonito que ese?  Yo creo que no, y que bien lo piensa Dios todo cuando se pone a proveer. 



Proxima entrada:
CREÍ POR ESO HABLE: Aprendiendo de mis hermanos mayores.



sábado, 20 de septiembre de 2014

CREÍ POR ESO HABLÉ: Yo vengo a reunir a todas las naciones.

     

     Desde que en plena adolescencia comencé a conocer a Jesucristo, muchas han sido las ocasiones en que me he encontrado preguntándole ¿por qué a mí? ¿Quién soy yo para que se fije en mí, para que me persiga y me insista, me corteje y me vuelva una y otra vez a rondar  cuando hay tantas creaturas mucho más dóciles que yo? A lo largo de nuestra historia de amor varias han sido las respuestas todas detonando en lo mismo, su respuesta siempre clara: “Porque soy Yo” Esa respuesta me ha vuelto loca en muchas ocasiones. Que Dios entre toda su creación a través de los siglos en esta época se fije en mí. Admito que hay tantas personas válidas, mucho más que yo. Pero Él se fija en mí, y me lo deja ver tan claro que durante años en mi adolescencia me desbordó su modo de cortejarme. No podía comprender que Él me buscara, me quisiera y que podía surgir algo muy importante entre ambos solo con que yo correspondiera ese amor. ¿Pero cómo corresponder a Dios? Que lío tan grande, que angustia llegué a sentir en muchas ocasiones pensando que era demasiado para mi corresponder ese amor. Pensando que no estaba a la altura de las circunstancias, que terminaría cagándola de un modo u otro. Y tengo que reconocer que solo cuando su Gracia me iluminó el entendimiento, comencé a vivir una nueva etapa de tranquilidad y paz. De saber que todo se concluía en una misma voluntad, la suya y que cuanto más consciente era de como Él me exponía su voluntad con tanto amor, dedicación, paciencia, más libre me sentía, más ganas me daban de seguir el camino que me proponía y menos me costaba. Y así hasta hoy mismo que escribo. No, no me he convertido aún, son muchas las batallas que tengo que lidiar cada día contra el mundo y contra mí misma por defender mi relación con mi Creador. Pero su Gracia me basta para saber que todo lo que acontece en mi vida lo puedo llevar a buen fin porque Él está a mi lado, lo supervisa y me lleva hacia adelante por encima de mis propias limitaciones sencillamente porque le da la gana y porque puede, porque Él ES. Un Dios que cumple sus promesas de generación en generación y que viene a reunir a sus hijos, a los que libremente decidan reconocer su paternidad. Y entre ese grupo que formamos la Iglesia reunida en el mundo en nombre de Jesucristo, he de dar gracias por sentirme participe.
     El año pasado cuando nos reunimos para el tercer encuentro, el mete mierda del ángel caído que me da la murga noche y día, comenzó a preparar su plan de ataque con toda su artillería. ¿Dónde vas a ir tu desgraciada, si estas como una yonqui atiborrada de tranquilizantes? No podrás alternar con los demás en condiciones, te entraran tus crisis, harás el ridículo, montarás uno de tus numeritos. Los demás son personas con estudios y tú (sentía sus risas, sus burlas continuas) una pobre paleta que no sabe ni marcar en el mapa la ciudad a la que vas. Lo peor es que todo lo que proyectaba en mi cabeza era cierto. Los ángeles caídos saben muy bien camuflar sus influencias entre nuestros propios pensamientos y como su inteligencia es superior a la nuestra, tienen una facilidad nata para descubrir nuestros puntos débiles solo estando a nuestro lado y viendo como nos comportamos. Ellos no tienen capacidad para ver el futuro, pero pueden hacer cábalas con las que acierten uniendo piezas de lo que van descubriendo y suponiendo. Lo único que nos da ventaja sobre ellos es nuestra libertad de elección. Ellos pueden influenciarnos de muchas maneras, pero solo nosotros tenemos voluntad de elegir. Jesucristo vino a dar sentido al gran engaño de la muerte, esa es la peor influencia a la que el mal nos empuja. Pero después de la resurrección tenemos un arma inquebrantable sobre estos ataques del maligno. Estamos siendo llamados por Jesucristo a la verdadera libertad con que fuimos creados por el Padre. La misma libertad que hizo condenar a muchos ángeles por su mala elección y ahora son los que intenta fastidiar los proyectos que la fe inicia en nuestras vida en el paso por este mundo. Sin embargo Dios no interviene radical, nos da las armas y nos cuida para que seamos nosotros quienes libremente batallemos. Él viene a reunir a todas las naciones, pero no va a obligar a nadie. Esa es la realidad.
     No debemos entonces perder ninguna oportunidad para recorrer el trayecto que nos separa. El tercer encuentro fue otra batalla ganada, otro tramo del camino andado hacia esa reunión completa que espero disfrutar algún día en la casa de mi Padre y de la cual tuve destellos durante la convivencia en el III Encuentro de Blogueros con el Papa. En el camino de ida, pese a la situación que vivía de salud y la cantidad de ataques que había sufrido los días previos, tenía muy claro que tenía que ir, sí o sí. Necesitaba comprobar una vez más que Dios estaba ahí detrás esperando como la madre que suelta a su bebé de pie para ayudarle a que aprenda a caminar y le extiende los brazos un metro más adelante. Y el ángel caído seguía erre que erre enumerando cada uno de mis temores, de mis inseguridades, pero fui. Y allí estaban siendo llamados, reunidos de entre todas las naciones como dice el evangelio personas diferentes pero con un punto en común la fe en Jesucristo, y la unidad en la Iglesia. Y si, eran personas todas más preparadas que yo, más intelectuales, con mucho más mundo pero por suerte para mí no me quedé en casa. Porque pude descubrir qué grande es el Señor cuando llama y reúne a su pueblo y como a cada persona le da una serie de virtudes para que una vez reunidos se pueda dar entre nosotros la fraternidad. Poner al servicio del otro nuestros talentos, construir y ayudar al mantenimiento de la iglesia como un solo cuerpo.
     No puedo describir con palabras como fue el encuentro con mis hermanos blogueros. Me quedaría corta. Desde los primeros que fui conociendo en el mismo tren, a la llegada a Valladolid, al hotel, los momentos en la sede donde nos reunimos para el encuentro. El acercamiento a cada herman@ bloguer@ era una experiencia única, que confirmaba de un modo interno la verdad única de la resurrección de Cristo. En cada persona con que me relacione, fue una pequeña batalla ganada. Que sepultaba mis miedos, mis inseguridades, que me hacía sentirme en mi lugar, entre mi gente y a gusto. Y como dice que una imagen vale más que mil palabras aquí te dejo algunas fotos que inmortalizaron los primeros momentos de vernos, de conocernos, o mejor dicho de reconocernos porque el Espíritu que nos unía era tan palpable que saltaba a la vista hacia fuera al reconocerse.


Proxima entrada: CREÍ POR ESO HABLÉ - Alrededor de tu mesa.


sábado, 13 de septiembre de 2014

CREÍ POR ESO HABLÉ: Saliendo de mi casa.

   
     Desde que volví el año pasado del encuentro, no he realizado ninguna publicación al respecto sobre lo que viví aquellos tres días. Curioso, pero cierto. Y que conste que no es por falta de recursos, un encuentro de esta índole da un montón de experiencias que traer de vueltas en la maleta, eso sin contar las que a lo largo del año y gracias a lo que en el un par de días compartimos allá encontrándonos con los hermanos blogueros.



    Tengo tan presente este momento del año pasado que lo último que hubiera pensado en ese instante, era que mi amiga, hermana en la fe Irina Orellana iba a inmortalizarlo. Cuando me incliné a agarrar mi maleta que con tanto amor mi querida Cristina Llano había cargado desde el hotel (y conste que pesaba una tonelada. Porque yo siendo de Sevilla  consideraba Valladolid como el Polo Norte y la llevaba cargada de ropa de abrigo que no utilicé) estaba tan emocionada, tanto, que no podía asimilarlo. En ese instante me sentía agotada por tantas experiencias vividas, tantos pensamientos positivo que durante el Encuentro el Espíritu Santo había depositado en mi cabeza y en mi corazón. Que estaba deseando subir al Ave, llegar a casa y poner en funcionamiento mi reloj de acción. 
    
     Me dije: Aquí comienza todo.
     
    Y es curioso, viniendo de mi como me encontraba cuando salí de mi casa un par de días antes lo normal hubiera sido un pensamiento de: aquí se acabó el Encuentro. Pero no estaba triste y no sentí en ningún momento esa sensación de peso de llegar al final de algo. No. Por el contrario, sentía la euforia del comienzo, de la alerta antes de la salida que nos mantiene en vilo para salir corriendo y coger una buena posición. Traía de vueltas tantas emociones alborotadas en mi interior. Momentos de fraternidad con otros hermanos blogueros. Pese a ser poco tiempo, cundió mucho, fueron muchas las oportunidades de convivencia que se tuvo. Y los lazos que hicimos, porque no es lo mismo el trato a través de este medio que conocerse en persona. Vernos cara a cara, el contacto directo de un abrazo, de una sonrisa, de una de tantas tertulias que pudimos compartir en las comidas, en los descansos entre las ponencias.

     Especialmente yo aprendí mucho. Volví con ideas claras sobre la evangelización en este medio. Sí ya tenia claro la importancia de dar testimonio en él, el tercer encuentro me sirvió para confirmarme aún más en la necesidad de unir ambos medio, el barrio (la parroquia) y mi misión en Internet. Había estado tres años fuera de servicio en las calles por culpa de los tratamientos y los desajustes emocionales que había padecido como efectos secundarios a tantos cambios de medicación. Aún me parece verme en la estación de mi ciudad aquella mañana en que me dirigía a Sevilla para coger el Ave rumbo a Valladolid. Tenia previsto encontrarme con Néstor Mora, el presi, en el Ave. No se si alguna vez lo he contado aquí en el blog, puede que sí. Pero uno de los problemas que he tenido durante la etapa más aguda de mi depresión ha sido el contacto físico con la gente. Yo que soy una pizpireta, me vi en el lado contrario, llegué a sufrir tal bloqueo psicológico por culpa de la ansiedad que me creaba el contacto con la gente, que incluso en más de una ocasión llegué a desmayarme y perder el conocimiento en la calle. Era algo espantoso. No podía entrar en sitios cerrados y en cuanto había gente a mi alrededor, comenzaba a sudar, a temblar, la cabeza comenzaba a darme vueltas y más veces de las que quise me encontré con el control totalmente perdido y a todo lo largo y ancha que soy en el suelo. Aún con aquella realidad decidí que no iba a perder la oportunidad de asistir al encuentro. Así que allí estaba en plena hora punta de tren con la gente que va a trabajar a Sevilla, cada vez el anden más lleno y mi respiración más agitada, comencé a perder la visión. Era la primera vez que salia sola de casa en los tres últimos años, había pasado de ser la super woman que no necesitaba a nadie, a verme recluida y dependiendo de mis más cercanos para desplazarme y hacer, como ejemplo, cosas tan sencillas para mi como conducir. El caso es que hubo un momento de tal angustia allí en el andén que me senté en lo alto de la maleta para no caerme al suelo. Aún así en todo momento luché contra el pensamiento negativo de llamar a Pepe y desistir de seguir mi camino. No se como subí al cercanías, empetado, la gente empujando para subir y cuando me di cuenta estaba en el pasillo del tren, otra vez sentada en mi maleta y con el bolso y el portátil colgados, había subido y no había perdido nada. La gente me miraba poniendo caras, pero no quise poner mucha atención en lo que deberían estar pensando viéndome allí casi a ras del suelo entre las piernas de los demás pasajeros sobre mi maleta espatarrada.
     Entonces escuche por primera vez su risa ese día. Era mi ángel, no se como hacemos eso, pero siento su abrazo muy fuerte y yo también me abrazo a él. Me dice que esta todo bien y que ya he superado ese primer golpe. Y comienzo a dejar de sudar, temblar y ver algo más claro. Tengo que decir que viví muchos momentos de ansiedad en la aventura de asistir al encuentro, pero fui, di mi testimonio en la ponencia y volví con más aprendido y disfrutado de lo que nunca hubiese imaginado.
   
     Quién entienda algo de los síntomas que acompañan a los problemas de salud mental, puede hacerse una idea a lo que viví en ese fin de semana del encuentro. Nada de los acontecimientos que se disponían en mi panorama presente eran afines con mis reacciones físicas y psíquicas. Pero hasta limitada por como estaba entonces, decidí que tenia que ir aunque me quedase a mitad de camino. El Señor me había dicho que fuera, que podría, que su Gracia me bastaría y yo necesitaba comprobar que era verdad. A veces no damos la valentía necesaria a un acto de fe. No vale con creer, hay que experimentar y decidirse a dar el salto a los brazos de Cristo. Los días antes a mi partida, había tenido hasta pesadillas en las que me veía sentada con un extraño en el tren. Mi prima me había preguntado un centenar de veces si me veía capaz de ir a Valladolid a encontrarme con personas que ni siquiera conocía y en mi estado. ¿Y si te pones mala allí y la gente no sabe que hacer? ¿Y si te caes al suelo? ¿Y si...?
     Todos sus "y si ..." comenzaron a amontonarse me en la cabeza ya en Santa Justa. Me había bajado del cercanías, llegado a los aseos y me había mojado la cara y los brazos tras respirar un trillón de veces en la intimidad del reducido servicio. Allí sufrí otra crisis, pero no fue tan fuerte como la que había sufrido media hora antes. No podía dejar de sentir angustia por el momento de coincidir al fin con Néstor. Sí le conocía, posiblemente como te conozco también ahora a ti del trato de este medio. Pero varias horas sentada en el Ave con un señor tan estudiado, que sabe de todo y yo...Yo tan palurda. Y encima estaba lo otro, lo de que no estaba excepta de que una reacción en cadena de brotes de ansiedad terminaran por derribarme. "Mi Gracia te basta"  Sí, sí, gracia me haría a mi la situación si pudiera verme desde fuera y no desde dentro y lo mal que me sentía.
      Subir al otro tren no fue tan malo, pese a que el corazón parecía que iba a salirme por la boca. Y allí estaba Néstor, se puso enseguida en pie y me ayudó a colocar el equipaje, nos saludamos. Mi corazón ya iría por siete mil pulsaciones al minuto, jeje, pero no me sentí mal. Por el contrario, pese a que los síntomas de sudores, escalofríos y la dichosa urticaria nerviosa empezaba a picarme ya por el cuello, yo me sentía bien. Contenta, agradecida de poder comprobar con que cariño me sentía recibida por un extraño que me trataba como si fuera un miembro de mi familia. Y sentí esa sensación de no ser extrajera en ninguna tierra. Ese sello de identidad que nos confiere el sabernos hijos del mismo Padre, hermanos de Espíritu con un lazo más fuerte y vital que el de sangre. En un momento dado oí la risa de mi ángel que me dijo "Otra patada en el culo y van tres"
     Sabía muy bien a quien se refería, nunca hablamos de él, porque mi ángel me aconseja no entrar al trapo, alguien muy real y condenado que no había dejado de atormentarme en los tres últimos años. Pero en aquel momento, dí gracias a Dios por permitirme haber caido tan bajo en mi enfermedad y por lo mucho que habia sufrido en los últimos tiempos. Porque de no haberme visto tan impotente, jamás hubiera podido afirmar que era su Gracia la que me sacó de mi casa y me llevó sin más ayuda a vivir una serie de acontecimientos en el III Encuentro de Blogueros con el Papa.

     Yo creía en Él. No tanto en mi, ni en mis posibilidades, pero estaba dispuesta a intentarlo y por eso ahora puedo contarlo.

     Próxima entrada: CREÍ POR ESO HABLÉ: Yo vengo a reunir a todas las naciones.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

L@S HIJ@S PRODIG@S DE MI PADRE.


     Cuanto más conozco a Dios, mayor es mi grado de capacidad de sorpresa.
    Es algo muy raro, una piensa que cuanto más conoce el sentido de las cosas, la mecánica y lo que puede ofrecer una persona, circunstancia, ect... Menos capacidad de sorpresa se tienes. Con Dios, ay , con Dios es completamente al contrario y es algo que me encanta y me fascina. Me hace sentir como la niña que fui, tremenda mente curiosa, ansiosa de saber el porque de todo. Conocerle despierta en mí un impulso primitivo y esencial interno que me devuelve a la vida y me siento tan sorprendida, tan expectante, tan...TAN... Que me quedo sin capacidad de poder explicarme.

     La semana pasada viví una experiencia que me ha hecho una vez más sentirme así y tan agradecida. Tengo una amiga de mi niñez, mi mejor amiga desde los cinco años y como una hermana. En los dos últimos meses han pasado cosas en su vida que no es este el lugar para compartir, pero que yo que lo estoy viviendo por mi relación de amistad con ella en primera persona, no puedo dejar de maravillarme. Viendo como Dios se la apaña para trabajar y hacernos llegar su cariño infinito. A veces son situaciones tan inesperadas como la que va aconteciendo en este tiempo en la vida de personas tan cercanas a mi, tan alejadas en geografía, pero que por una voluntad de Dios que a menudo no somos capaces de comprender sucede y... Dios se manifiesta en todo su majestuosidad. 

     No sabemos que nos deparará el destino. A veces tenemos la sensación de que nuestra vida es un puro fracaso y vamos de un tropezón en otro, con las rodillas sangrando y mil cicatrices dolientes. Y de pronto del modo menos esperado todo parece coincidir, una alineación extraña, invisible pero tan palpable que hace que personas, situaciones, acontecimientos se compenetren y suceda. Y ahí detrás de todo eso está Dios. En su Persona más visible, Jesucristo. Esperando que nos demos cuenta y que lo miremos a los ojos un solo segundo para que en esa penetrable mirada con que nos mira descubramos quienes somos definitivamente y quien es Él. Y entonces cuando le descubrimos ya no nos importará el camino que hubo de ser andado y las caídas y todo lo que quede atrás. Jesucristo se encargará de dar un nuevo sentido a todo lo vivido y abrirá un nuevo camino con infinidad de oportunidades para hacernos feliz.

     Mi amiga la semana pasada vino a mi parroquia, se confesó y comulgó. Este domingo a vuelto a venir conmigo a misa. Y ya hemos quedado para el que viene volver a ir juntas. Dentro de nuestra amistad es otra experiencia a vivir y compartir juntas. Pero lo más importante es que sin importar que acontecimientos la han empujado a volver. Ahí estaba, temblorosa y algo nerviosa justo antes de entrar en la oficina con D. Ignacio, con el cual ya había hablado yo anteriormente, explicándole que desde que en el 83 hicimos la comunión ella no había vuelto a los sacramentos.  Cuando salió después de recibir el sacramento de la penitencia, su rostro resplandecía, sentí una inmensa alegría y mientras ella de rodilla frente a mi Amado rezaba y cumplía la penitencia impuesta, yo lloraba pero de alegría. Una vez más se cumplía en mi vida y era testigo del evangelio del hijo prodigo. Pero esta vez yo no era ese hija, ni tampoco el hijo mayor envidioso, yo era una sirviente más, alegrándome por ver a mi Señor contento de ver el regreso de otra hija a su casa. Dando gracias por poder ser testigo de aquello y pidiendo con todas mis fuerzas al Espíritu Santo para que se mantenga vivo y activo en mi amiga y la ayude a permanecer en la Iglesia y a conocer a Jesucristo. 





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