Blog personal, donde cuento experiencias de la vida cotidiana en relación con Dios, con la familia y con los amigos. Si te apetece desconectar un ratito y descansar, conectaté a este blog, encontraras muchos amigos de los que seguro aprenderas algo bueno, como estoy aprendiendo yo.

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Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas. (Dt. 6,4.)

miércoles, 25 de junio de 2014

CREADA, NO INVENTADA.






 

     Esta mañana mientras seguía por televisión la audencia de Francisco, he tenido una bonita experiencia. La oportunidad de sentirme Iglesia. De sentirme parte de este cuerpo de Cristo que camina unido en una misma dirección, buscando descubrir el rostro del Padre.

     Una de las frases de la catequesis de Francisco me llego muy honda, curiosamente luego la recordaba en la misa de doce el sacerdote en su homilía. Decía Francisco que aún después de tantos años recordaba perfectamente el rostro de su primera catequista. El corazón me dio un brinco. A mi me pasa lo mismo. Recuerdo con especial cariño a Chari, aquella muchacha que venia a los salones de la Parroquia del Rocio a prepararnos para hacer la comunión. Recuerdo que en mi época, las catequesis eran un poco serias y aburridas, nos obligaban a aprendernos el catecismo de memoria y recuerdo que a mi no me gustaba eso. Recuerdo que me daba mucha pereza estudiar para el cole y también para catequesis. Y también recuerdo como Chari se las apañó para darnos unas catequesis que arrancaran esa lacra que más de uno del grupo teniamos. Nos hacia los sábados por la mañana durante la catequesis jugar a un concurso que habia en la tele: El un dos tres. Con las preguntas del catecismo. Lo cuidaba todo. Organizaba las sillas de los concursantes, el resto era el publico, hacia sorteos para elegir las parejas de concursantes y su novio asistía también a catequesis y participaba de jurado anotando los aciertos y errores. Al final, habia premio de chuches para los ganadores y un premio de consolación para el resto que era un caramelo o una gomita. Fui feliz. Muchas veces en los años sucesivos he recordado esa etapa de mi vida. Tanto, que cuando me decidí a ser catequista con quince años tenía muy claro que tipo de dinámicas utilizaría.

     Las palabras de hoy de Francisco, una vez más me han ayudado no solo a recordar, también a dar gracias por esas personas adultas en la fe que puso y sigue poniendo en mi camino a lo largo de los años y que me instruyen y me llevan a compartir sus propias experiencias y a reconocer y seguir los pasos del Señor. Decía Francisco que no somos ratones de laboratorio creados, que los cristianos somos una familia. Y así ciertamente me he sentido y me siento. En etapas de mi fe inmadura, me siento acogida, llevada de la mano, protegida. Y en otras, soy yo quien ofrezco la experiencia de mi mano como sostén a otros que les indique el camino por el que pasa Jesús.

     Que importante es poder reconocerse dentro de la familia de Cristo, la Iglesia. Descubrir el lugar donde encajamos a la perfección, ese para el que hemos sido creados por Dios desde el principio de los tiempos. Descubrir eso no tiene precio, y en la mayoría de los casos intervienen otros con su voluntariado de vida al servicio del evangelio. Que importante es descubrir y comprometerse con la misma causa que nos lleva por el camino de la alegría.

     Pensaba en mi abuela, en el ejemplo de obediencia, humildad y vida entregada a la voluntad de Dios que me dio en su etapa aquí en este mundo. Lastima que no fui consciente de ello hasta mucho después de morir ella, cuando ciertamente como predijo, el Señor se encargaría de venir a mi vida y poner testigos que me llevaran de la mano a conocerle mejor. Puedo ver cada una de esas personas que han sido iconos de señalización en mi peregrinaje hacia Jesús.

     Sí, Él ha sabido siempre a quien poner en mi camino y doy gracias por ello. Pues por muy mal que pudieron ir las cosas, nunca me he sentido sola. Ahora ya toca el tiempo de comprometerme, a todos nos pasa más o menos. También lo decía hoy el Papa, los frutos se dan porque Dios los madura y cuando uno se deja hacer y colabora poniendo su parte del compromiso, sin duda los frutos los recogerán otros con inmensa alegría, la alegria que produce y contagia el sentirse amado por Dios, el sentirnos parte de un mismo Dios, todos en Él.



Dios ha querido formar un pueblo que 
lleve su bendición a todos los pueblos de la Tierra. En Jesucristo, lo establece como signo e instrumento de unión de los hombres con Dios y entre ellos. De ahí la importancia de pertenecer a este pueblo. Nosotros no somos cristianos a título individual, cada uno por su cuenta. Nuestra identidad es pertenencia. Decir «soy cristiano» equivale a decir: «Pertenezco a la Iglesia». Soy de ese pueblo con el que Dios estableció desde antiguo una alianza, a la que siempre es fiel. De aquí nuestra gratitud a los que nos han precedido y acogido en la Iglesia, quienes nos enseñaron a rezar y pidieron para nosotros el Bautismo. Nadie se hace cristiano por sí mismo. La Iglesia es una gran familia, que nos acoge y nos enseña a vivir como creyentes y discípulos del Señor. Y no sólo somos cristianos gracias a otros, sino que únicamente podemos serlo junto con otros. En la Iglesia nadie va «por libre». Quien dice creer en Dios pero no en la Iglesia, quien dice tener una relación directa con Dios, con Cristo pero fuera de la Iglesia, cae en una dicotomía absurda. Dios ha confiado su mensaje salvador a personas humanas, a testigos, y se nos da a conocer en nuestros hermanos y hermanas.

Catequesis de Francisco en la audiencia del miércoles 25/6/2014.

domingo, 22 de junio de 2014

Gritos en los silencios. (Diario de una madre imperfecta.)


Hay gritos en los silencios que pueden llegar a nuestra alma y traspasarla.  Es la soledad de la vejez uno de esos gritos lo suficiente fuerte como para dejar sordo el sonido del egoísmo en nuestro corazón y romper nuestras corazas.

No lo entiendo, no comprendo como la estupidez humana puede llegar a tal nivel que nos vuelve memos a una realidad que está ahí, frente a nuestras narices. Caminamos en la misma dirección, no importa si nuestra alma siempre tiene la misma edad, en el lote llevamos incluido este cuerpo mortal que envejece y con los años, quienes llegan, de nuevo vuelven a ser como niños. 
Ay... (suspiro)
Si hoy en mi país la media es de 1´2 hijos por familia, ¿cuantas familias están preparadas para tener niños mayores? De estos que ya no pasean, que necesitan la compañía constante en el hogar, la paciencia deL santo Job para afrontar el horario de un calendario sin fecha de caducidad.

Son nuestras raíces, internet se quedaría sin recursos frente a la experiencia de vida que puede encerrar una buena conversación con ellos.  Pero el mundo va a una velocidad vertiginosa donde cada vez más nos apartan de la pausa necesaria para procesar vivencia, reflexión, experiencia. La velocidad no compagina bien con la vejez, los vinos buenos, no fermentan en horas, no maceran en un par de días; se pagan barbaridades por sus años de maceración... nosotros con los años terminamos arrinconados en algún lugar donde no demos mucho el cante y donde quizás alguien escuche esos gritos que posiblemente para sorpresa propia del que se detiene, terminan por salvarlo.
Yo crecí correteando en las batallas de mis mayores, mis abuelos fueron modelos par mi en casi todo, hasta en el sufrimiento. Nunca desde que los enterré pensé que volvería a cuidar y pasar por lo mismo hasta que no llegara la hora de mis padres o de mis suegros. Me refiero a trabajar cuidando personas mayores. He trabajado en casi todo, pero cuando me salían trabajos para cuidar ancianos siempre me negué.  Sencillamente, no estaba dispuesta a sufrir, me conozco, y ni por todo el oro del mundo estaba dispuesta a pasar por dinero por una situación así. Este parón laboral que hemos tenido en casa me hizo replantear esta actitud mía y cuando hace tres semanas me salió la oportunidad de trabajar cuidando a una señora mayor, no me lo pensé. Simplemente me dije: lo asumiré como un trabajo solo, no me implicaré emocionalmente, intentaré hacer como que no va conmigo. Y mientras intentaba convencerme a mi misma no podia dejar de escuchar la risita de mi ángel. Él me conoce tan bien, tanto.

Y sí sufro.
Pero merece la pena.

Dios que me conoce mejor que yo misma, ya me tenia este trabajo elegido y cuando Ana el otro día mientras veíamos la misa por la tele juntas escuchando la homilía del sacerdote me sorprendió con sus palabras...Dios... Lo vi tan claro, que si el cielo se hubiese abierto y visto bajar una orden de ángeles señalándome ni aún así lo hubiera entendido mejor. Me basto dos días para calcular y analizar la situación de esta mujer mayor, ser testigo de la soledad a la que se enfrenta en la recta final de su vida y en cuanto puedo hacer yo por ella. El dinero no lo es todo, allí donde no llegan los €, el amor de Dios lo suple y con creces. Así que todas mis propuestas de no implicarme se fueron al garete mucho antes de escucharla decirme esa mañana:  Eso, eso que dice el cura es lo que me pasa a mi. Dios me ha puesto un ángel en mi vida, tú, para que no esté sola a la hora de mi muerte y mis últimos días.

No soy perfecta, por el contrario, soy un desastre en casi todo. Un manojo de nervios, un temperamento bestial que cuando estoy de malas arraso con todo. Para colmo no tengo ni un ápice de paciencia. Soy borde en mis respuestas en más ocasiones de las que quisiera y cuando obedezco siempre lo hago protestando. Desde que conozco a Jesucristo mi gran pregunta es: ¿De verdad sirve para algo hacer el bien cuando lo hago con tanto esfuerzo y no siempre con la alegría que merece? No se si me salvaré, no se si alcanzaré la misericordia de mi Padre a tantas faltas mías, pero confío en mi Señor y en su intercesión. Se que es su amor, lo que hace que otros me vean como un ángel, pese a ser más un pequeño demonio.

Hay gritos a los que no podemos hacer oídos sordos. Ni intentar amortiguar con nuestros temores su ecos.  Dios sabe más, nos conoce mejor y sin duda nos propone muy sutilmente en nuestra vida  las misiones perfectas para las que hemos sido llamados aunque nos resulte tan imposible creerlo porque aún pensamos que nos conocemos mejor que nadie.
Mi ángel se rie de nuevo y dice: Te lo dije, Él sabe más, te conoce mejor que tú misma.

Dios nos grita con gritos que suenan en nuestro silencio interior, con acontecimientos visibles que nos señalan el camino y si somos tan necios para mirar a otro lado o hacernos los sordos... ¿quién sabe? Igual un día nos demos cuenta de lo mucho que perdimos por querer conservar un poquito de nosotros.


viernes, 6 de junio de 2014

TIEMPOS DE CARIDAD.


Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?". El le respondió: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos".

Así comienza el evangelio de hoy y mientras lo escuchaba esta mañana por 13tv, desde mi trabajo junto a la señora mayor que cuido, el corazón se me encogía y comprimía en un puño, como si de pronto fuera a dejar de latir.
Estos días, no paro de preguntar al Señor que quiere de mi con este nueva etapa que se abre en mi camino. Hacía tiempo que deseaba poder trabajar, en lo que fuera, algo que nos ayude en casa a vivir dignamente y tenga a mis hijos cubiertos al menos en las necesidades básicas para su buen crecimiento. Como siempre Él se manifiesta en el momento correcto y me trajo ese trabajo que ya compartí contigo en la entrada anterior.  No es algo para tirar cohetes, un sueldo regular, sin seguro, pero que garantiza cada mes que trabaje el tener bien cubierta la alimentación de los míos. Esa era mi prioridad, pero cuando una es peón en la viña del Señor, a veces olvidamos que tenemos un trabajo fijo, del que nunca nos van a despedir, a no ser que sea uno mismo quien desista, en su libertad, de seguir trabajando. 

APACENTAR. 
Su significado en el diccionario de la real academia se define con estas palabras:
Conducir el ganado a terrenos con pasto y cuidarlo mientras pace.

Y si somos el rebaño del Buen Pastor y hemos sido llamados en el redil para servir en vez de pastar, para cuidar, para dirigir, para consolar y llevar a los demás al Pasto que nunca se agota ¿quién soy yo para decir que no estoy capacitada y que prefiero retozar y pastar en la comodidad del rebaño como una más sin comprometerme a nada más? 
Sacramento me amas? Me pregunta y según pasan los años voy comprendiendo que mi amor por Él crece más. Y también mi necesidad de amarlo, de servirle, de seguirlo aunque eso signifique ir a veces por caminos en los que me sienta perdida. La experiencia de su amor en otros acontecimientos vividos y la fe que me alumbra por ello, me hace avanzar siempre aunque sienta los aullidos viscerales de los lobos alrededor.
Esta semana de trabajo, no paro de buscar respuestas. Me bastó un día para comprender que si bien era un trabajo llegado de la mano de mi Señor, también había un gran porque detrás de aquel acontecimiento y que no tengo porque ser yo siempre el centro de la cuestión. Cuando sigues a Jesucristo, todo cambia, todo en Él se hace nuevo y hasta las cosas rutinarias se tiñen del color del evangelio y entonces todo aquello que hacemos se transforma en un hacer por acercar el Reino de Dios a este tiempo y que los demás puedan ser participes. Para mi es algo nuevo y curiosamente cada vez más alentador y gratificante según voy siendo más consciente. 
Descubrir que puedes amar a tu Dios, que Él se deja amar aún por un amor nuestro que no es del todo ilimitado, pero que Él siendo Dios acepta, es algo que cambia nuestro ser desde dentro y cuando vamos madurando esta realidad, creo que la caridad surge, aflora, no cuesta usarla, podemos derrocharla y a un mismo tiempo alimentarnos de su derroche.

Hoy no puedo dar detalles de los motivos concretos en mi trabajo que me hacen meditar en esto, porque traicionaría la confianza de una mujer de noventa y siete años que ve en mi un punto de conexión, de seguir caminando cada día las dos juntitas de la mano de nuestro Señor.

Si Dios quiere, todos vamos llegando a esa edad en que nos volvemos como niños, en que dependemos de los demás de nuevo para todo. Y en la que vida nos pone en encrucijadas que pondrán a prueba nuestra fe y la caridad de los demás. Pero mientras Dios siga en los ojos de Jesucristo mirando a los hombres, llamándoles por su nombre y preguntándoles con infinito amor si también pueden amarle ellos... Mientras Jesucristo siga creyendo en nosotros y siga haciendo la pregunta, la caridad alumbrará nuestros días.


La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión (Catecismo de la Iglesia católica, 1829)


La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos. San Agustín. In epistulam Ioannis tractatus, 10, 4



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