CREADA, NO INVENTADA.






 

     Esta mañana mientras seguía por televisión la audencia de Francisco, he tenido una bonita experiencia. La oportunidad de sentirme Iglesia. De sentirme parte de este cuerpo de Cristo que camina unido en una misma dirección, buscando descubrir el rostro del Padre.

     Una de las frases de la catequesis de Francisco me llego muy honda, curiosamente luego la recordaba en la misa de doce el sacerdote en su homilía. Decía Francisco que aún después de tantos años recordaba perfectamente el rostro de su primera catequista. El corazón me dio un brinco. A mi me pasa lo mismo. Recuerdo con especial cariño a Chari, aquella muchacha que venia a los salones de la Parroquia del Rocio a prepararnos para hacer la comunión. Recuerdo que en mi época, las catequesis eran un poco serias y aburridas, nos obligaban a aprendernos el catecismo de memoria y recuerdo que a mi no me gustaba eso. Recuerdo que me daba mucha pereza estudiar para el cole y también para catequesis. Y también recuerdo como Chari se las apañó para darnos unas catequesis que arrancaran esa lacra que más de uno del grupo teniamos. Nos hacia los sábados por la mañana durante la catequesis jugar a un concurso que habia en la tele: El un dos tres. Con las preguntas del catecismo. Lo cuidaba todo. Organizaba las sillas de los concursantes, el resto era el publico, hacia sorteos para elegir las parejas de concursantes y su novio asistía también a catequesis y participaba de jurado anotando los aciertos y errores. Al final, habia premio de chuches para los ganadores y un premio de consolación para el resto que era un caramelo o una gomita. Fui feliz. Muchas veces en los años sucesivos he recordado esa etapa de mi vida. Tanto, que cuando me decidí a ser catequista con quince años tenía muy claro que tipo de dinámicas utilizaría.

     Las palabras de hoy de Francisco, una vez más me han ayudado no solo a recordar, también a dar gracias por esas personas adultas en la fe que puso y sigue poniendo en mi camino a lo largo de los años y que me instruyen y me llevan a compartir sus propias experiencias y a reconocer y seguir los pasos del Señor. Decía Francisco que no somos ratones de laboratorio creados, que los cristianos somos una familia. Y así ciertamente me he sentido y me siento. En etapas de mi fe inmadura, me siento acogida, llevada de la mano, protegida. Y en otras, soy yo quien ofrezco la experiencia de mi mano como sostén a otros que les indique el camino por el que pasa Jesús.

     Que importante es poder reconocerse dentro de la familia de Cristo, la Iglesia. Descubrir el lugar donde encajamos a la perfección, ese para el que hemos sido creados por Dios desde el principio de los tiempos. Descubrir eso no tiene precio, y en la mayoría de los casos intervienen otros con su voluntariado de vida al servicio del evangelio. Que importante es descubrir y comprometerse con la misma causa que nos lleva por el camino de la alegría.

     Pensaba en mi abuela, en el ejemplo de obediencia, humildad y vida entregada a la voluntad de Dios que me dio en su etapa aquí en este mundo. Lastima que no fui consciente de ello hasta mucho después de morir ella, cuando ciertamente como predijo, el Señor se encargaría de venir a mi vida y poner testigos que me llevaran de la mano a conocerle mejor. Puedo ver cada una de esas personas que han sido iconos de señalización en mi peregrinaje hacia Jesús.

     Sí, Él ha sabido siempre a quien poner en mi camino y doy gracias por ello. Pues por muy mal que pudieron ir las cosas, nunca me he sentido sola. Ahora ya toca el tiempo de comprometerme, a todos nos pasa más o menos. También lo decía hoy el Papa, los frutos se dan porque Dios los madura y cuando uno se deja hacer y colabora poniendo su parte del compromiso, sin duda los frutos los recogerán otros con inmensa alegría, la alegria que produce y contagia el sentirse amado por Dios, el sentirnos parte de un mismo Dios, todos en Él.



Dios ha querido formar un pueblo que 
lleve su bendición a todos los pueblos de la Tierra. En Jesucristo, lo establece como signo e instrumento de unión de los hombres con Dios y entre ellos. De ahí la importancia de pertenecer a este pueblo. Nosotros no somos cristianos a título individual, cada uno por su cuenta. Nuestra identidad es pertenencia. Decir «soy cristiano» equivale a decir: «Pertenezco a la Iglesia». Soy de ese pueblo con el que Dios estableció desde antiguo una alianza, a la que siempre es fiel. De aquí nuestra gratitud a los que nos han precedido y acogido en la Iglesia, quienes nos enseñaron a rezar y pidieron para nosotros el Bautismo. Nadie se hace cristiano por sí mismo. La Iglesia es una gran familia, que nos acoge y nos enseña a vivir como creyentes y discípulos del Señor. Y no sólo somos cristianos gracias a otros, sino que únicamente podemos serlo junto con otros. En la Iglesia nadie va «por libre». Quien dice creer en Dios pero no en la Iglesia, quien dice tener una relación directa con Dios, con Cristo pero fuera de la Iglesia, cae en una dicotomía absurda. Dios ha confiado su mensaje salvador a personas humanas, a testigos, y se nos da a conocer en nuestros hermanos y hermanas.

Catequesis de Francisco en la audiencia del miércoles 25/6/2014.

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